sábado, 15 de abril de 2017

¡VERGÜENZA!, DICE EL PAPA POR LA VIOLENCIA, NAUFRAGIOS Y SANGRE DE INOCENTES


















 Ary Waldir Ramos Díaz | Abr 14, 2017

En el Vía Crucis, texto completo de la superlativa oración del Papa sobre las vergüenzas modernas de la humanidad…Pero hay esperanza en Jesús.
El papa Francisco presidió hoy el Via Crucis en el Coliseo romano e identificó en el calvario de Cristo a las vergüenzas de la humanidad, desde el silencio frente a las injusticias, la muerte de mujeres, niños, inmigrantes, los cristianos perseguidos, el racismo, los curas pederastas.
Oración completa del Papa al final del Vía Crucis: 
“¡Oh Cristo, dejado sólo y hasta traicionado por los tuyos, y vendido al menor precio!.
¡Oh Cristo, juzgado por los pecadores, entregado por los jefes!
¡Oh Cristo, martirizado en la carne, con la corona de espinas, vestido de púrpura!
¡Oh Cristo, abofeteado y atrozmente crucificado!
¡Oh Cristo, traspasado por la lanza que ha atravesado tu corazón!
¡Oh Cristo, muerto y sepultado, tú que eres el Dios de la vida y de la existencia!
¡Oh Cristo, nuestro único salvador!
¡Oh Cristo, volvemos a ti con la mirada bajada por la vergüenza y con el corazón lleno de esperanza, de vergüenza por todas las imágenes de destrucción, de devastación y de naufragio que devienen cotidianas en nuestra vida!
Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, niños, de inmigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su pertenencia étnica y social y por su fe en ti.
Vergüenza por las tantas veces que como Judas y Pedro te hemos vendido y traicionado y dejado sólo a morir a causa de nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestra responsabilidad.
Vergüenza por nuestro silencio frente a las injusticias, por nuestras manos perezosas a la hora de dar y codiciosas en quitar y arrebatar. Por nuestra voz alzada en defender nuestros intereses y tímida cuando se trata de los demás. Por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en el camino del bien
Vergüenza por todas la veces que nosotros obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas hemos escandalizado y herido tu cuerpo; la Iglesia, y olvidamos nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, y nuestra total disponibilidad, dejando oxidar nuestro corazón y nuestra consagración.
Es tanta la vergüenza Señor, pero nuestro corazón es nostálgico de la esperanza confiada que tú no nos trates según nuestros méritos, sino únicamente según la abundancia de tú misericordia.
Qué nuestras traiciones no disminuyan la inmensidad de tu amor.
Qué tú corazón paterno y materno no nos olvide por la dureza de nuestras entrañas.
¡Esperanza! Esperanza segura de que nuestros nombres estén tallados en tu corazón y que seamos colocados en la pupila de tus ojos.
La esperanza de tu cruz transforma nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de personar y de amar.
Transforma esta noche oscura de tú cruz en el alba luminosa de tú resurrección.
La esperanza que tu fidelidad no se basa sobre la nuestra,
La esperanza de que la fila de hombres y mujeres fieles a tu cruz continua y continuará a seguir fiel como la levadura que da sabor y como la luz que abre a nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida.
La esperanza de que tu iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal cuando vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos.
La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente derrota.
Oh Señor Jesús, Hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante a tu posición real y a tu misterio de muerte y de gloria, delante a tu patíbulo nos arrodillamos, avergonzados y esperanzados y te pedimos de lavarnos de la sangre y el agua que salieron de tu corazón atravesado, de perdonar nuestros pecados y nuestras culpas.
Te pedimos de recordar a nuestros hermanos acabados por la violencia, por la indiferencia y por la guerra.
Te pedimos de romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.
Oh Cristo, enséñanos a no avergonzarnos nunca de tu cruz, a no explotarla, sino honorarla y adorarla, porque en ella Tú, nos manifiestas la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.
Amén.

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