jueves, 4 de mayo de 2017

PARA DIOS, ES MEJOR NO CREER QUE SER UN FALSO CREYENTE"

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"Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita". Después de un viernes repleto de actos políticos e interreligiosos, el Papa Francisco comenzó su segunda jornada en Egipto con una gran celebración con los católicos coptos. Una población minoritaria, perseguida, amenazada y aterrada por el horror de las bombas de los autodenominados guardianes de la fe. No sólo católicos, sino también coptos, armenios, maronitas y melquitas.

20.000 fieles se dieron cita en el estadio de la Defensa, en la que seguramente haya sido la mayor concentración de católicos en Egipto en este siglo. Francisco llegó en un jeep móvil (las medidas de seguridad a su alrededor son realmente impresionantes) al estadio, y allí fue recibido por varios niños vestidos de faraones, que arrancaron una sonrisa del Pontífice.

Francisco, acompañado por el obispo copto de El Cairo, recorrió la pista del estadio olímpico saludando a la multitud. "Laudato si, oh mi signore", cantaba el coro. Y es que ya tocaba que los católicos egipcios tuvieran un momento de felicidad y acción de gracias en mitad de la cruel tormenta de persecución y destrucción a la que están siendo sometidos, sin que el Gobierno ponga los medios suficientes para protegerles del Estado Islámico y de la indiferencia que padecen todas las minorías.

El relato de los discípulos de Emaús, recitado en árabe, resonaba como dulce música en los oídos de los fieles egipcios, más que acostumbrados a vivir en camino. Un Evangelio que, como recalcó Francisco, "se puede resumir en tres palaras: Muerte, Resurrección y Vida".



"Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre; cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida", lamentó el Papa.

En sus palabras, Bergoglio recalcó la necesidad de pasar por la experiencia de la cruz para alcanzar la visión de la Resurrección, y de ahí canalizar la vida. Una vida por y para los demás, pues "la experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia".

Bajar a Dios de las nubes, y llevarla allá donde dos o más se reúnan en su nombre. "De nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón y detesta la hipocresía". En este punto, el Papa fue especialmente tajante: "Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita".

Y es que "la verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos", la que anima el corazón para "amar a todos gratuitamente, sin distinción y sin preferencias", viendo al otro "no como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar".



Una fe para "difundir, defender y vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados". Una fe, "la verdadera fe", que es la que "nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño".

En un nuevo llamamiento en contra de la violencia en nombre de la religión, uno de los leit motiv de este histórico viaje a Egipto, el Papa dejó claro que "a Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada".

En las peticiones, se rezó por todos los perseguidos y amenazados en el mundo, con un especial recuerdo a los cristianos egipcios masacrados en los últimos meses, mártires y santos. Y una especial apelación del Pontífice: "No tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente".




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