viernes, 30 de junio de 2017

CADA DIA SU AFÁN 1 de julio de 2017


 SOBRE EL TRÁFICO
El primer domingo de julio se celebra la Jornada de Responsabilidad del Tráfico. Este no es un asunto ajeno a la reflexión ética. Ya el profesor Bernhard Häring dedicaba unas breves líneas a la obligación moral de evitar en lo posible los accidentes, “aplicando atención, moderación en la velocidad y observación de las normas del tráfico”.
Es evidente que el tráfico y la movilidad son fenómenos que caracterizan de forma muy especial a esta sociedad. El uso de los carburantes derivados del petróleo y el avance de la técnica han hecho posible que las personas se trasladen de un lugar a otro, por tierra, mar y aire, con una velocidad que nadie podría haber  imaginado en épocas pasadas.
Ahora bien, las posibilidades técnicas siempre traen consigo unas cuantas preguntas de tipo ético. No todo lo que es posible hacer ha de poder llevarse a cabo. O, al menos, la realización de tales posibilidades siempre habrá de despertar algunos interrogantes éticos.  
El viajero que de pronto se encuentra atrapado en una fila interminable de vehículos se lamenta y se impacienta. A veces se pregunta por las causas de esos desastres, pero casi siempre los atribuye a los demás. Muy raras veces examina su propia responsabilidad.
Con una ironía que parece reflejar la realidad de cada día, el escritor francés Pierre Daninos dijo alguna vez que  “la causa más importante de los accidentes de tráfico es que los hombres ponen en sus coches tanto amor propio como gasolina”. 
Ese amor propio, responde a nueva concepción del ser humano. La técnica moderna nos ha llevado a creernos superhombres. De hecho, ha inyectado en nosotros la convicción de que somos capaces de ejercer un dominio casi absoluto sobre el tiempo y el espacio, esas coordenadas en las que necesariamente se sitúa nuestra diaria peripecia.  
        El Concilio Vaticano II lamentaba las conductas de “quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales”. Entre los que menosprecian las leyes y las normas sociales, mencionaba a quienes “subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo” (GS 30).
La ética referente a las personas implicadas en el tráfico ha de preguntarse por qué prefieren éstas el desentendimiento al entendimiento, el descompromiso al compromiso, la ignorancia del otro a la atención  empática del otro. 
El mundo no puede ser calificado como desarrollado solamente en virtud de los progresos técnicos, sino sobre todo por sus avances éticos.  Y en esa tarea estamos comprometidos tanto los creyentes como los no creyentes. A fin de cuentas, como escribía el poeta León Felipe, “el hombre es lo que importa”.
                                                                               José-Román Flecha Andrés

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