sábado, 24 de junio de 2017

CADA DIA SU AFÁN 24 de junio de 2017

                                                             
JUAN, HIJO DE ZACARÍAS E ISABEL

El verdor de las colinas hace olvidar por unas horas los rebrillos cegadores del desierto de Judá o la trepidación de la Ciudad Santa. Es un gusto salir de Jerusalén para llegar hasta Ain Karem. “La fuente del Viñedo”. Eso significa el nombre de la aldea.
El peregrino se dirige a la iglesia de San Juan Bautista. En el patio de entrada, unos cuantos azulejos repiten en varias lenguas el canto del Benedictus. El evangelio de Lucas lo pone en boca de Zacarías, en el momento del nacimiento del hijo que le había sido anunciado en el templo.
 Los muros de la iglesia están recubiertos de azulejos de Manises. Parece que se trajeron de España en tiempos de la reina Iabel II. Bajo el altar hay una placa con una inscripción latina que nos dice: “Aquí nació el Precursor del Señor”. Es un buen momento y un lugar tranquilo para detenerse a recordar y meditar.   
 Su nacimiento había estado rodeado por un halo de misterio. Su padre, Zacarías, se encontraba sirviendo en el templo de Jerusalén. A la hora de la oracion de la tarde, se le presentó el ángel del Señor.  Los fieles observaron que retrasaba un tanto el rito. Y es que el ángel del Señor le había anunciado el nacimiento de un hijo.
Así sonaba el oráculo que llegaba del cielo: "Será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, quedará lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre y convertirá a muchos hijos de Israel al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto".
Mudo de asombro y de incredulidad, Zacarías regresó a su hogar. A pesar de su avanzada edad, su mujer, Isabel, pudo vivir la alegría recogida y temblorosa de una maternidad inesperada. Y el nacimiento de un niño que desató la sorpresa para familiares y vecinos.
El día de su circuncisión, todos pretendían imponerle el nombre de Zacarías. Ya se sabe, con frecuencia se trata de proponer al hijo no sólo el nombre, sino también el talante del padre o del abuelo. Pero con aquel niño llegaba la novedad de lo imprevisto. Había de llamarse Juan, es decir, “Yahvéh es favorable”.
En el evangelio resuena el eco de la voz de Zacarías, que, lleno  del Espíritu Santo, profetizó: "Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos,  para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de los pecados".
Seguramente hubo fiesta en la aldea. Solo una pincelada sobre los años primeros del chiquillo: "El niño iba creciendo y se fortalecía en su interior. Y vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel".  Para anunciar su futura misión. Había de ser un profeta: “el mayor de los nacidos de mujer”. Nada menos.    
José-Román Flecha Andrés

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