viernes, 28 de julio de 2017

CADA DÍA SU AFÁN - 29 de Julio

MARTA Y MARÍA
 Marta y María son un icono de nuestras búsquedas e insatisfacciones. Ellas nos recuerdan el gran don de la hospitalidad, las profundas cuestiones ante la muerte,  la dramática sencillez de vivir en la verdad en medio de la mentira.
El evangelio de Lucas presenta a Jesús con los trazos que describen al misionero itinerante.  “Yendo de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa”.  He ahí la palabra clave. “Recibir” es para el evangelio la actitud que exige  la presencia del misterio.
Marta no está sola. “Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Otra palabra clave: “escuchar”. El pueblo de Israel conocía bien el valor religioso de la escucha, cuando la vida cuelga de una Palabra que el hombre no ha podido programar.
Mientras María escucha, Marta se afana en los quehaceres del hogar. Pero la armonía se quiebra ante la desigualdad del reparto de funciones. A nadie puede extrañar el lamento de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.”
La respuesta de Jesús relativiza inquietudes y subraya lo esencial: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. Jesús busca el encuentro más que los manjares.
Por el evangelio de Juan sabemos que Marta y María son hermanas de  Lázaro y que viven en Betania.  Lázaro enferma y muere. Lleva ya cuatro días en el sepulcro cuando llega el amigo. Marta sale al encuentro de Jesús y le dirige un saludo, mezcla de reproche y confianza: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
Sin quererlo, Marta provoca una de las más altas revelaciones de Jesús: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. A cambio, Jesús provoca en Marta una de las más profundas confesiones de la fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”.
Jesús manda abrir el sepulcro.  Y Marta aporta un aviso de cordura: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. Es la última palabra de Marta. Ante ella, la otra palabra del amigo profeta, la que reclama las certezas de la fe:   “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”
  Marta aparece todavía una vez. Seis días faltan para la Pascua. Jesús regresa a la casa acogedora de Betania. Marta sirve y Lázaro comparte con Jesús las viandas y el coloquio. María se postra por tierra y va ungiendo los pies del amigo con un perfume de nardo y los va secando con sus cabellos. Y la casa se llena del olor de los ungüentos.
Marta y María representran la acogida y la escucha, la fe y la ternura, la gratitud y la profecía. Todo eso y mucho más.
                                                 José-Román Flecha Andrés



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