domingo, 2 de julio de 2017

EL EVANGELIO DULCIFICADO

Hay días en que me asusta pensar en esto. ¿No está, de algún modo, el evangelio adormecido en el interior de los cristianos? Un evangelio domesticado, convertido en inercia, que ya ni nos remueve, ni nos provoca, ni nos obliga a salir a la intemperie. Un evangelio gastado en frases hechas, en instituciones que se limitan a repetir lo de siempre, en roles que encajan, como una pieza más, en la gran maquinaria de esta sociedad de contrastes y trincheras. Un evangelio sepultado tras toneladas de libros, tradiciones, espiritualidades, cursos y cursillos. Un evangelio que se las ve y se las desea para conseguir remover algo de la estructura de nuestras parroquias, diócesis, congregaciones, esquemas, colegios, universidades, revistas, un evangelio que no consigue atravesar nuestras homilías o nuestras redes sociales… A veces por defecto y otras por exceso, porque de tanto manosearlo, citarlo y tergiversarlo nos hemos hecho inmunes a su significado verdadero...

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