viernes, 11 de agosto de 2017

CADA DÍA SU AFÁN 12 de agosto de 2017




ANTE LA FIESTA DE LA VIRGEN MARÍA

No se habían cumplido aún dos meses desde su elección al pontificado. Todos los católicos estábamos muy atentos a las palabras que en aquellas primeras semanas pronunciaba el nuevo papa.
Pues bien, en su audiencia del miércoles 14 de agosto de 1963, Pablo VI se refería a la fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Pedía a los fieles que habían acudido a la audiencia que honraran a María en la gloria, a la que había querido asociarla su divino Hijo.
Le parecía a él que, de esta forma, todos nos sentiríamos autorizados a pedirle que ella, Madre de Cristo y Madre nuestra, hiciera fecunda y abundante de gracias la bendición que recibíamos del papa.   
Sin duda, Pablo VI quería reflexionar sobre el puesto de María en la obra de la salvación. Por eso,  la gracia que el Papa deseaba para los fieles era precisamente la de comprender bien y practicar correctamente el culto hacia la Virgen María. 
Como si estuviera pensando en las objeciones que algunos cristianos no católicos hacen a la veneración a María, Pablo VI quería dejar bien claro que ese culto es, en realidad,  una introducción y consecuencia del culto único y supremo que debemos a Jesucristo nuestro Señor.  
El culto a María no puede separarse de la confesión de la obra de Jesucristo. Por eso el Papa añadía una especie de pequeña pero explícita letanía:
• Ese culto es una garantía de nuestra fe en los misterios y en la misión de Jesús.
• Ese culto es expresión y garantía de nuestra adhesión a la Iglesia, que tiene en María a su hija más santa y más hermosa y que encuentra en ella su imagen ideal, como escribía san Ambrosio.
• Ese culto a María de Nazaret nos llena de gozo y de esperanza.
• Ese culto nos enseña a imitar a la Virgen María en sus virtudes, tan sublimes y tan humanas, y sobre todo en la virtud de la fe,  es decir en la aceptación de la Palabra de Dios, que inicia en nosotros la vida de Cristo.

Finalmente el Papa deseaba para los fieles los mejores dones de Dios y confiaba que les fueran concedidos por intercesión de María.
Nos duelen las continuas acusaciones que los católicos recibimos de nuestros hermanos “cristianos”, que tratan de ignorar o disminuir la importancia de María en la obra de la salvación. Pero hemos de reconocer humildemente que algunas expresiones de la religiosidad popular con frecuencia dan pábulo a esas críticas.
Estas palabras de Pablo VI, pronunciadas ya en el primer año de su pontificado eran una llamada de atención a unos y otros y marcaban una pauta para las reflexiones y orientaciones del Concilio Vaticano II. Seguramente todavía siguen siendo muy oportunas en muchos ambientes.
Que la Asunción de María a los cielos nos ayude a todos a reflexionar sobre su papel en el misterio de la redención del género humano. Y a reconocer con lucidez y con amor  el puesto que le corresponde en la Iglesia.
José-Román Flecha Andrés

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