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99 BUENAS RAZONES
Había muchos pastores en aquel pueblo. Cada uno tenía unas 100 ovejas. Todos los días las cuidaban lo mejor que podían. Por eso eran la envidia de otros pastores de la comarca. Aquellos pastores tenían fama de ser muy competentes, conocedores del rebaño, del lugar de pastos, aguas y atenciones requeridas en cada época del año…
Poco a poco se fue apagando su entusiasmo y se entretenían en hablar de sus cosas.
Un día llegó a tanto su desgana, irresponsabilidad o despiste que, entretenidos en hablar y jugar en el campo donde pastaban sus rebaños, al atardecer, hora de volverse, no ven más que 12 ovejas. Todas las demás, centenares, habían desaparecido. Imaginaron que se habían perdido. Pensaron que era muy tarde y que ya volverían si querían. Ellos las habían querido, las habían cuidado bien ¿de qué se podían quejar? ¡Peor para ellas! Vamos a cuidar bien a éstas que se han quedado -se dijeron-. Y las rodearon entre todos, las llenaron de mimos. A veces había hasta celos entre ellos, tanto las querían.
EL ANACORETA Y LA FUENTE
El agua estaba buena y fresca. El Anacoreta comentó:
- Aquí gozamos de esta fuente, pero, ¿de dónde proviene este agua?
Miró al joven seguidor y le dijo:
- Si alguna vez vas al Aneto, al pie de la montaña y del macizo de La Maladeta, se recoge el agua de los glaciares en un barranco que desemboca en una especie de gran agujero, el Forau d'Aiguallut. De allí sale un pequeño riachuelo, el Ésera, y el resto del agua desaparece bajo tierra.
Hizo una pequeña pausa y prosiguió:
- Tirando anilina en el agua, descubrieron que volvía a surgir más de 4 kms. más allá, en el valle de Arán, en unas cascadas que se llaman Güells de Joeu, cerca del Plà de l'Artiga de Lin.
Miró a los ojos del joven y concluyó:
- Todos tenemos fuentes interiores que creemos mérito nuestro. El agua fresca que brota de nosotros procede quizá de nuestros padres, de un profesor que tuvimos, de alguien que marcó nuestra vida. Hablamos mucho del esfuerzo y olvidamos el don. Todo lo que tenemos es un don. Deberíamos considerar toda nuestra vida como un don de Dios...
El regalo de los reyes Magos
Un dólar con ochenta y siete centavos: eso era todo. Y, además, sesenta de los centavos en moneda menuda, en peniques ahorrados con trabajo, uno a uno o dos a dos, protestándole al del almacén y al verdulero y al carnicero, hasta que a una se le subían los colores a la cara por la silenciosa acusación de avaricia que aquel afanoso regateo traía consigo. Delia contó el dinero tres veces. Sí: un dólar ochenta y siete. Y el día siguiente era el de Navidad.
Estaba claro que no podía hacer más que echarse sobre la cama miserable y llorar. Y eso fue lo que Delia hizo y lo que nos lleva a pensar de nuevo que la vida está compuesta por gemidos, resoplidos de fastidio y sonrisas, si bien con predominio de los resoplidos. Mientras esta ama de casa pasa poco a poco de la primera situación a la segunda, echemos un vistazo a su hogar. Se trata de un pisillo amueblado de los de ocho dólares a la semana. No puede decirse realmente que sea algo indescriptible, pero sí que merece ser clasificado por la policía como antro de mendicantes.
En el zaguán de la planta baja existía un buzón donde no podía echarse ninguna carta y un timbre eléctrico del que ningún dedo mortal habría podido arrancar un sonido. Asimismo formaba parte de la entrada al zaquizamí una tarjeta en la que podía leerse: SEÑOR JAIME DILLINGHAM YOUNG.
Aquel anuncio había nacido a las caricias del viento en un período anterior y próspero, cuando su dueño cobraba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus ingresos se habían reducido a veinte, las letras del apellido Dillingham estaban borrosas, como si pensaran seriamente en reducirse a su vez a una modesta, humildísima D. Sin embargo, cada vez que el señor James Dillingham Young regresaba a casa y llegaba a su piso de la primera planta se le seguía llamando «Jim» y era cariñosamente abrazado por la señora Dillingham Young, que ya ha sido presentada al lector con el nombre de Delia. Todo lo cual está bastante bien.
Al acabar de llorar, Delia se retocó las mejillas con una borla, se incorporó junto a la ventana y miró con tristeza a un gato gris que caminaba sobre un patio gris por una tapia gris. Al día siguiente era Navidad y ella no tenía más que un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. Había luchado durante meses por ahorrar todos los peniques posibles, y ese era el resultado; con veinte dólares a la semana no se puede llegar muy lejos, mientras que los gastos habían superado con mucho a sus cálculos… como ocurre siempre. De manera que sólo un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. A su Jim. Y había pasado muchas horas alegres planeando algo realmente bonito para él. Algo hermoso, original y auténtico, algo un tanto digno del honor de ser poseído por Jim.
Entre las ventanas de aquella habitación había un alto espejo de pared. Quizá haya visto usted un espejo de pared en un apartamento de ocho dólares. Observando su imagen en una rápida sucesión de bandas longitudinales, una persona muy delgada y muy ágil puede tener una visión bastante exacta de su aspecto. Y, como Delia era esbelta, había conseguido dominar ese arte.
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