MARTES, 5 DE MAYO DE 2026. San Juan (14,27-31a)

 

"LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY"

 

Jesús continúa con sus palabras de despedida. Dijo a sus discípulos: "La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Jesús se despide deseándoles la paz. Su paz no queda reducida a un simple saludo. Tiene otra calidad. Es la paz que brota de las bienaventuranzas y que nos compromete en la edificación de una tierra nueva y reconciliada. Las despedidas provocan tristeza. Jesús trata de animar, de dar serenidad a sus discípulos. Jesús cita sus palabras anteriores: "Me habéis oído decir: Me voy y vuelvo a vuestro lado. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo, no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago". La ausencia de Jesús no es definitiva, ni siquiera prolongada. Ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es una tragedia, puesto que su muerte va a ser la manifestación suprema del amor del Padre, la victoria sobre el mundo y la muerte. Jesús, que había predicho la traición para que sus discípulos comprendieran más tarde la magnitud de su amor y se confirmaran en que él era el Mesías, repite ahora la frase a propósito de su promesa de volver. La marcha de Jesús es inminente, la estancia con los suyos toca a su fin. Jesús no está en absoluto sometido al poder del Príncipe del mundo. La muerte de Jesús debe convencer a todos de la autenticidad de su mensaje y de su fidelidad al que le envió. Jesús nos ha dejado el regalo de la paz. El beato Juan XXIII pedía al Señor: "Destierra de nuestros corazones cualquier cosa que pueda poner en peligro la paz, ilumina a nuestros gobernantes para que puedan garantizar y defender el gran don de la paz".