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NACIMIENTO

El universo nos sonríe con cada recién nacido que irrumpe en nuestra historia. La infancia nos evoca la inocencia, que nunca deberíamos perder. Nos reconcilia con nuestra vulnerabilidad, que tanta aprensión nos genera. Es una promesa de novedad, de esperanza, de ilusión.

Día tras día, la vida asoma de nuevo en cualquier rincón del planeta. Cada niño que reclama nuestra atención es un regalo. Nos invita a soñar en un proyecto vital en el que nos sentimos partícipes. Nos obliga a renunciar a nuestro protagonismo para cedérselo a alguien incapaz de valerse por sí mismo.

Cada pequeño es una lección de humanidad. No se trata de una disertación teórica sobre el amor, sino de una experiencia interpelante que nos hace madurar. Salimos de nosotros mismos, abandonamos las trincheras de nuestros egoísmos para implicarnos en una tarea generosa, para comprometernos en una misión heroica.

Y así, en este arrebato de desprendimiento, somos rescatados de nuestra ruindad. Superamos la miopía existencial que nos limita. Traspasamos el cerco de la mezquindad de nuestros intereses inmediatos. Podemos disfrutar del genuino sabor de la vida.

Vuelve a prender en nuestro interior la llama del cariño. Recuperamos el sentido de la ternura. Y, en el fondo, nos sentimos profundamente amados por alguien tremendamente necesitado.

Con cada nacimiento, nacemos de nuevo. Las negruras del egoísmo se desvanecen ante la urgencia del amor. La esperanza desbanca al pesimismo.

En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías anunciaba algo extraordinario: “Nos ha nacido un niño” (Is 9, 5). Sí, en efecto, un recién nacido es un milagro digno de ser proclamado por un profeta. Es más, en sí mismo es un acontecimiento profético. Nos revela como Dios sigue apostando por el ser humano.

Navidad es tiempo de celebrar la vida: el Nacimiento de Jesús y todos los nacimientos. Con figuritas podemos construir nuestro propio Belén recordando el Nacimiento que imbuye de sentido a tantos nacimientos. Se trata, sin lugar a dudas, de una noticia de tal envergadura que merece ser proclamada por un insigne mensajero: un ángel. “Nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

 

BIENAVENTURADOS LOS NORMALES

Hace unos días, en una audiencia privada, el papa Francisco respondía a una pregunta sobre el discernimiento vocacional de los jóvenes. «El primero de los criterios es ser normales. Que sepan trabajar, si están estudiando, que sepan estudiar, que tomen con responsabilidad su vida en el momento en que se encuentran», decía. Y el segundo «acompañarlos. En el camino hay tantas sorpresas… Estén atentos a las sorpresas. Hay que ayudarles a mirar a la cara a las sorpresas. Si hay dificultades: resolverlas de frente, a la cara. Ayudarles a alejarse de toda forma de hipocresía. La hipocresía en la Iglesia es una peste: digo una cosa y hago otra. La hipocresía de la mediocridad».

Pero, ¿qué es ser normal? No me voy a meter en el terreno resbaladizo de definir la normalidad... Además, hablando claro, una vocación no deja de ser un hecho que rompe con la cadena causal de los hechos, digamos, normales. Pero la vocación, con todo, es algo 'normal', lógico: lo es si uno se toma en serio las cosas en la vida. Si uno no se conforma con las medias tintas. Y, sobre todo, si Dios juega un papel verdaderamente importante. El amor lo da todo y lleva a entregarlo todo. Por eso, si nos relacionamos con un Dios que es amor lo propio es que estemos llamados a darlo todo. Eso es lo normal. 

Pero, ¿cómo estar seguro de esta vocación? Un consejo (que lo dice el papa): dejarse acompañar, lo cual empieza por ser honesto con uno mismo. Para esto hay que tener dos cosas claras. La primera: que una cosa es «lo que uno quiere» y otra cosa es «lo que Dios quiere». El tema pasa por hacerlas coincidir. De ahí, el segundo asunto: no es lo mismo «querer lo que uno quiere» que «querer lo que Dios quiera». Por muy buenas que sean nuestras intenciones, lo primero no deja de ser un ejercicio que muchas veces nos hace vernos con nuestras autosuficiencias, con la competitividad y las falsas proyecciones de uno mismo, lo cual es agotador. Esto tiene que ver con tantas carreras mal elegidas y tantos trabajos que no son coherentes con el sentido que aspira a tener la propia vida.

«Querer lo que Dios quiera» nos puede asustar y remover pero, sin embargo, se relaciona con la mejor versión de uno mismo, con encontrarle un sentido a las dificultades del día a día y con una paz y una alegría de fondo que pocas veces se dan con la primera opción. La clave se encuentra en el servicio. Dios quiere que sirvamos, sin hipocresías; y nosotros, solos, podremos creer que lo que buscamos es servir cuando en realidad también nos buscamos a nosotros mismos: «la hipocresía de la mediocridad».

Lo normal, aunque parezca mentira, no es conformarse con lo mediocre. Lo normal es que queramos devolver lo que hemos recibido. Y hacerlo con pasión. Lo normal es que aspiremos a la felicidad que se nos promete al darlo todo. Y lo normal es que eso empiece por la vida cotidiana, con aquello a lo que se dedica la vida. Y por quién se gasta. Bienaventurados, pues, los normales, porque ellos encontrarán el sentido de sus vidas.

 Sergio Gadea, sj

 

ESPERANZA

«Verde que te quiero verde, | verde viento, verdes ramas. […]. ¡Cuántas veces te esperó! | ¡Cuántas veces te esperara» (F. García Lorca) ¿Qué es la esperanza, sino  el verde de la confianza en una nueva primavera para los campos o el ancla que sostiene la certeza de una respuesta frente a toda zozobra? Los dos símbolos, el verde y el ancla, expresan con claridad el significado de la esperanza: la virtud teologal de la confianza en la promesa de plenitud que nos ha hecho Dios (cf. CCE 1817). Pues, la esperanza sostiene nuestra disposición al bien, especialmente, cuando el horizonte se oscurece, cuando el camino se tuerce o la senda desaparece.

En esa oscuridad, el creyente escucha una vez más «no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios» (Is 41, 10). La esperanza no es obviar las dificultades o enmascararlas bajo falsas seguridades. Al contrario, la esperanza es la valentía de enfrentar la adversidad con la confianza puesta en la fidelidad de Dios a su promesa. La esperanza, es el «por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5) de Pedro a Jesús o el «es el Señor» (Jn 21, 7) de Juan, es decir, abrir el corazón al Espíritu para reconocer a Dios en nuestra vida, para confiar en la fidelidad de su Palabra.

Cultivar la virtud de la esperanza, como toda praxis verdaderamente cristiana no es una búsqueda de superación personal, sino un camino que se abre siempre al servicio a los demás. Vivir la esperanza, ordenar la vida hacia el Reino y el encuentro con Dios, supone siempre iluminar la vida de los demás para caminar con ellos hacia esa misma felicidad. Mirar el mundo con esperanza es contagiar de sentido la vida a todos los que nos rodean, descubriendo en ella la fuente de nuestra alegría (cf. Rom 12, 12).

Quizás por eso, María tiene en tantos lugares nombre de Esperanza, una advocación vinculada a las iglesias próximas a las puertas de las murallas. Porque ella, ante un camino incierto, confío su vida en la verdad de la promesa de Dios, dejando así que el Reino se hiciera presente en el mundo.

 

EL REINO DE DIOS

La predicación de Jesús puede resumirse en la frase: «el Reino de Dios está cerca». Reino o Reinado de Dios, o de los cielos, es una expresión para hablar de Dios que viene a reinar sobre su pueblo.

Según la tradición bíblica el Reinado de Dios incluye estos tres aspectos: una relación reconciliada de Dios con su pueblo, que se inicia por el perdón de los pecados, una relación de los hombres entre sí armónica y basada en la justicia y, por fin, una relación del hombre con la naturaleza que vive reconciliado con ella.

La predicación sobre el reinado de Dios en boca de Jesús incluye tres características que no se deducen sin más de los textos veterotes­tamentarios. Primero, la entrada de cada hombre en ese reino se decide ante la aceptación de la persona de Jesús y de su anuncio sobre la llegada del reino. Segundo, el reino de Dios llega gratuitamente y, por tanto, para todos. El reino de Dios no es algo que el hombre haya de merecer o que pueda conseguir con sus fuerzas, sino que debe aceptarlo como don. Tercero, de ahí se sigue que el reino de Dios llega para todos y preferentemente para los que, a primera vista, parecerían dejados de la mano de Dios. Los pobres y los marginados en la sociedad, cuyo caso más sangrante son los publicanos y prostitutas. «Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios es vuestro» (Lc 6, 20).

La razón por la que el reino llega preferentemente para los marginados es: ya que no pueden confiar en sus mereci­mientos ante Dios para conseguir el reino, porque no los tienen, están más abiertos a recibir el don que se les entrega. Hasta los paganos tienen ofrecido el reino de Dios: «Os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mt 8, 11).

Esta predicación de Jesús propone una nueva imagen de Dios. Dios, más que el juez que dictamina con justicia absoluta si el hombre ha merecido su favor con su actuación, es el Padre que se regala a los hombres con su amor incondicionado. De ahí que el anuncio de Jesús sea un evangelio: la buena noticia de que Dios se regala como Rey de la humanidad. Solo es preciso que los hombres le reciban con la fe en élRecibirlo les trasformará en leales ciudadanos de ese reino, capaces de relacionarse entre sí de modo justo y de vivir una relación reconciliada con la naturaleza usándola para realizarse como ciudadanos del reino, pero sin violentarla ni abusar de ella.

 

SEGUIDORES DITRAIDOS Y DISPERSOS

Hoy como nunca tenemos acceso a infinidad de fuentes de información. Nuestras listas de libros o artículos por leer se acumulan junto a las de vídeos de YouTube, webinars y tantos otros formatos de contenido que nos interesa, pero al que no llegamos. La línea entre la productiva multitarea y la frustrante procrastinación es cada vez más estrecha.

Me descubro saltando de un email por responder a una llamada importante, de un wasap organizando una reunión de grupo a una persona que se acerca con deseo de hablar; por no decir cuando empiezo en YouTube viendo un vídeo que he buscado y me paso una hora saltando de vídeo en vídeo que no tienen nada que ver con el inicial. Somos afortunados por poder acceder a tanto conocimiento, pero podemos vernos desbordados y muy perdidos si no navegamos ante tanta información con algún tipo de brújula.

El seguimiento tiene mucho de esto, pues comenzamos fascinados por el encuentro con un Jesús que logra responder a esos anhelos profundos que ni siquiera somos capaces de poner en palabras y da sentido a una manera de vivir que nos entusiasma. Y caminamos, nos encontramos con otras personas y hacemos comunidad, pero algo en el camino llama nuestra atención y vamos de una cosa a otra hasta que de repente, nos descubrimos en otro lugar, medio despistados, sin atisbar la espalda ni las huellas de Aquel a quien empezamos a seguir. Como si de ventanas de un navegador se tratara, nos surgen otros proyectos, otros seguimientos que nos atraen y van ocupando nuestra pantalla y nuestro corazón.

¿Cuántas veces al día nos descubrimos dispersos y haciendo algo distinto que lo que se suponía que tenemos que hacer? Igualmente, ¿cuántas veces en la vida nos descubrimos alejados del ideal que abrazamos al enamorarnos del evangelio? El autor de la Carta a los Hebreos nos invita a tener fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. No hay más recetas ni trucos. La suerte que tenemos es que, por mucho que nos dispersemos y se nos vaya la mirada y la atención a otras cosas, él está siempre dispuesto a esperarnos para caminar a nuestro lado.

 

HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ

Cada vez que oigo o leo la frase del título, se me viene a la cabeza (supongo que como a muchos) la imagen de aquel guardián espacial de juguete que desconocía su propia realidad. Pero hoy, mirada con otros ojos, va mucho más lejos de lo que nunca imaginamos: esta frase no se refiere al espacio, quizás nunca lo hizo; se refiere a su propio ser, a un inconformismo vital que le haga dirigirse hasta donde nunca creyó llegar para, ya desde ahí, seguir avanzando. Esto es hoy esa frase. Es el magis ignaciano.

Basta con no estar encerrado en casa para ver que desde todos los ángulos de la vida nos bombardean con ideas de plenitud. La publicidad nos crea necesidades no de mejorar, sino de ser perfectos, muestra ídolos que ocultan una cara para mostrar la que interesa. Pero el chico de la sonrisa perfecta también tiene un michelín que no se le va, el del cuerpo 10 es incapaz de salir en una foto sin un ojo más cerrado que el otro y la última actriz de moda no sabe si el mes que viene tendrá trabajo.

Nuestra vida es la que da ese toque a la publicidad. A todos nos gustaría no tener caspa, triunfar en el trabajo, encontrar a la chica ideal sin esfuerzo o tener unos dientes perfectamente blancos. De hecho querríamos todo a la vez. Pero resulta, lo siento, que la perfección no existe, y lo que es peor aún: pasa con todo. Es que yo nunca seré tan extrovertido como me gustaría, tan divertido, tan profundo y cariñoso como el resto se merecen.

Desde pequeños nos hacen creer que podríamos ser lo que quisiéramos, y yo habría dado lo que fuera por ser perfecto… pero no se puede. La perfección resulta un camino inacabado, como el sistema operativo de un ordenador: puedo tener la última y mejor versión de Windows, pero debo saber que ésta no es la perfecta, que en un tiempo saldrá algo mejor y puedo quedarme atrasado o actualizar. Las mismas dos opciones se presentan en nuestra vida: la del derrotismo que conduce a no llegar a intentarlo, o la de presentar batalla conscientes de que iremos de fracaso en fracaso hasta la victoria final.

Como cristiano la opción es clara: una invitación a la santidad que no que sea una frustración al no llegar, sino un gozo al saber que en el camino estoy con Dios, quien siempre me sueña en mi mejor versión y quien me perdonará, con su amor, las setenta veces siete que caiga. Ojalá un día, en pocos o muchos años, seamos capaces de mirar al Señor con el mismo gozo que sentimos tras conseguir algo por lo que llevamos tiempo trabajando, conscientes de que nunca fuimos perfectos, pero siempre buscamos la mejor versión de nosotros mismos, e incluso por días la alcanzamos.

Si hoy me preguntan qué quiero conseguir, la respuesta es clara: vivir «hasta el infinito y más allá», vivir el regalo de luchar para ser perfecto y reconocerle en mis imperfecciones.

 

ARQUEÓLOGOS DE DIOS

El mundo de la arqueología es apasionante. A veces se encuentran piezas antiguas, enteras, de un gran valor, y parece mentira que hayan permanecido enterradas así durante siglos. Otras veces, los hallazgos se encuentran rotos y fragmentados, y pasa mucho tiempo hasta que se puede recomponer una estatua completa puesto que sus diferentes partes se encuentran a bastante distancia unas de otras. Y, también hay ocasiones en que los hallazgos arqueológicos no están completos, y hay que tratar de reconstruir o imaginar qué es aquello que pudieron ser o representar en su día. Pienso en aquellos fragmentos de mosaico en los que únicamente se intuyen formas de figuras humanas, que los arqueólogos identifican o bien con el «posible» o bien poniéndolas entre signos de interrogación: «posible Diana cazando», «¿san Juan Evangelista?». Otras veces, se trata de pinturas o esculturas muy destruidas y castigadas, hasta el punto de que varios expertos pueden tener opiniones diversas y bien fundadas sobre lo que éstas pudieron representar en su día.

Creo que, con el paso de Dios por nuestra vida, y, por consiguiente, con la búsqueda de su voluntad, nos pasa algo parecido. Puede darse que a veces encontremos la presencia de Dios sin buscarla, puesto que él es soberano y puede manifestarse donde quiera. Pero, el hecho de que encontremos la estatua entera por casualidad en un campo, debe ponernos en movimiento y hacer que comencemos a trabajar, rastreando y buscando a su alrededor. Puesto que, seguro que junto a ella hay también otros muchos fragmentos y piezas que pueden ayudarnos a contextualizar la obra, es decir, a entender por qué y para qué se nos ha manifestado Dios de esa manera.

También puede ocurrir que vayamos encontrando diversas piezas a lo largo de nuestra historia, que, poco a poco, con la paciencia de la fe y el trabajo de la oración y el discernimiento, vayan encajando hasta formar una obra de arte completa. Pero hay que tener en cuenta que, aunque quisiéramos reconstruirlo todo de manera inmediata, lo cierto es que, la mayoría de las veces, esta empresa ocupa años, cuando no toda una vida.

Y, por supuesto, en la vida de fe y de oración es normal encontrarse con fragmentos de mosaicos y piezas que uno no acaba ni de poder identificar ni completar. Sin embargo, al verlos se sabe que se trata de obras valiosas, puesto que son retazos del paso de Dios por nuestra vida. Con ellos se debe orar y discernir siguiendo los consejos del acompañante espiritual, para poder actuar poniéndoles el «posible» o los signos de interrogación a los que me refería anteriormente. Puesto que, ocurre que la mayoría de estos fragmentos a veces no son identificables en esta vida, pero eso no quiere decir que haya que quedarse parados ante ellos, o almacenarlos en un cajón de sastre. Más bien conviene arriesgarse a tratar de identificarlos para así poder llevar a cabo esas intuiciones que Dios está despertando en nosotros a través de ellos, pese a que puedan parecer humanamente torpes o disparatadas.

 

ALGUN DÍA ENTENDEREMOS QUE DIOS ES "ABBÁ"

Debo admitir que me apasiona la mitología clásica, especialmente la griega… ¡Nos dice tanto sobre el ser humano, sobre nuestras miserias, nuestros pecados, nuestra capacidad de sacrificio, nuestra capacidad de heroísmo, nuestras luces y nuestras sombras…! Los mitos nos hablan sobre los comienzos, sobre las cosas que preocupan al ser humano, sobre lo que nos trasciende. En el fondo intentan hablarnos (y explicarnos) sobre el mundo, el hombre y Dios. Recuerdo a un profesor que nos repetía: «el mito no nos habla de lo que ocurrió, nos habla de lo que ocurre».

Los relatos son hermosos y apasionantes: Heracles, Teseo, Orfeo y Eurídice, Perseo y Medusa… Pero también debo reconocer que los mitos nos transmiten una imagen de los dioses en la que aparecen poseyendo todos los defectos humanos (envidia, ira, lujuria, falta de solidaridad, arbitrariedad, 'amiguismo', carácter vengativo…) y pocas de sus virtudes (compasión, dar segundas oportunidades, perdón, empatía, gratuidad…). Multitud de los relatos hacen referencia a venganzas de los dioses ante los 'pecados' humanos: Aracne, Prometeo, Sísifo, Narciso, Ixión… Y los castigos de los dioses son terribles… y para siempre.

Estas últimas semanas, al leer mensajes en las redes sociales, al hojear 'artículos' (que don Mariano José de Larra me perdone por llamar así a alguno de esos escritos) me da la impresión de que algunos piensan que el Dios Padre de Jesús, el Dios que se nos revela en Cristo, es Zeus, Poseidón o Hades.

Es curioso cómo, todavía, demasiadas personas se imaginan que lo que nos espera al final de nuestra vida es un juez con un código debajo del brazo (o con un catecismo) para ver qué hemos hecho bien y qué hemos hecho mal y para ver qué castigo hay que aplicar… ¡Qué ganas, casi morbosas, tienen algunos de que Dios sea un castigador! ¡Con qué mezquino corazón proyectamos, a veces, en Dios nuestra dificultad para perdonar!

Dios no es un castigador, nosotros a veces lo somos. Dios no es un juez implacable, nosotros a veces lo somos. ¡Cuándo entenderemos que Dios no nos quiere porque seamos buenos, nos quiere porque Él es bueno! Dios nos quiere como somos, aunque nos sueña mejores y nos llama e invita a ser cada día más humanos, más buena gente, más solidarios, más libres, más respetuosos, más hermanos.

No creamos a quien nos diga que Dios se ha llevado a nuestros seres queridos. No creamos a quien nos diga que Dios quería esto y que es su voluntad. Y, sobre todo, no olvidemos que Dios está en cada una de nuestras lágrimas, porque nuestro Dios es un Dios que siente pasión por nosotros. No dudemos de que Dios está sufriendo como nosotros y con nosotros. No olvidemos nunca que nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y que su gloria, su auténtica gloria, es que el ser humano viva.

Dios está en cada cama de hospital, en cada profesional, en cada persona que sufre, en cada persona a la que le dan de alta, en cada policía que nos cuida, en cada persona que limpia, en cada camionero que nos trae lo necesario para seguir adelante, en cada repartidor, en cada familiar que deja a su ser querido a las puertas de urgencias y tiene que irse llorando… Dios está en nuestras cruces sirviendo, consolando sosteniendo, amando… Dios es Padre, Madre, amigo, Hermano, sanitario, limpiador, buen vecino… Dios está en nuestras cruces pero no enviándonoslas, Dios no quiere que el ser humano sufra, no caigamos en esa blasfemia. ¡La gloria de Dios es que el ser humano viva!

No nos salvó ni Zeus, ni Poseidón, ni Hades. Nos salvó Cristo resucitado. Nos salvó el Hijo de Abbá.

 

SÁLVANOS DE LO QUE NO SALVA

Cierto programa de televisión dedicado al cotilleo y la prensa rosa está experimentando en estos días lo que podría llamarse «el principio del fin». Ha sido un programa que ha gozado ininterrumpidamente de máxima audiencia durante sus 13 años de emisión, pero las audiencias han bajado considerablemente y su cierre parece muy cercano.

La bajada de audiencia, motivo de ruina para los altos cargos de la televisión, es también un gran indicativo de lo que a la gente le apetece ver cuando se sienta ante el televisor. Esto, a su vez, ayuda a tomar el pulso del punto en que estamos como sociedad: qué echamos de menos, qué necesitamos, qué es lo que buscamos que nos ayude a despejarnos de una rutina que tantas veces pesa. Y parece ser que el público no quiere ya más circo. Está harto de que se hable de información cuando lo que quieren decir es «hurgar en la vida de otros y luego contarlo a los demás». Y está harto también de personas que no aportan nada al mundo, un mundo que tanto ha padecido en los últimos tiempos.

A esta bajada de audiencia se suma otro asunto: dicho programa está siendo investigado por la policía por un presunto delito de facilitación de información privada acerca de personas famosas. Información que ha sido adquirida por métodos ilegales que atentan contra el respeto a la vida privada de las personas. ¿La finalidad? Dar contenido al programa. Nada de periodismo de investigación, como nos hacen creer. Más bien robo de secretos que todos tenemos derecho a guardar; asaltos de intimidades sin miramiento ninguno. Un «todo vale con tal de mantenernos en el candelero». Es la demostración del desprendimiento del pudor, el respeto, la ética y la honradez con tal de lograr el fin que se busca. Es la manifestación de que el éxito es lo único que importa, y no el camino que hacemos para llegar hasta él cuando, curiosamente, es dicho camino (y no la meta) lo que nos convierte en personas exitosas. Las decisiones que tomamos, la actitud ante los inconvenientes y cómo tratamos a quienes nos encontramos por el camino son las cosas que nos otorgan esos pequeños y nutritivos triunfos que nos construyen por dentro. Y todo eso tan bueno es lo que nos llevamos, independientemente de que alcancemos la meta o no.

Quizás nos estemos dando cuenta de que nos podemos divertir de otra manera. De que es mejor poner a prueba nuestra cultura jugando con quienes concursan; de que se pasa muy bien viendo un programa familiar; de que queremos informarnos mejor de aquellos temas que de verdad mueven al mundo; de que una buena serie o película pueden ser ventanitas a través de las cuales nos asomemos a realidades que distamos mucho de vivir. Quizás estemos descubriendo que hay un tipo de entretenimiento sano más allá de la tele. O, a lo mejor (ojalá sea así), nos estemos dando cuenta de que hay cosas que no son admisibles, y comenzamos a seleccionar adecuadamente, identificando lo que es bueno de verdad de lo que solo es humo y banalidad.

Ahora que escribo esto, reflexiono acerca de qué es lo que permanece en el tiempo, qué es lo que nunca desaparece. Es la verdad, la belleza, la bondad. Es tu Palabra, Señor. Todo lo que no sea esto, pasará.

¿CAUSAS JUASTAS?

Si encontramos una causa común que nos convenza a todos y estemos dispuestos a pelear por ella, ¡menudos somos! No nos para nadie. Lo curioso es que existen muchas causas en las que somos capaces de ponernos de acuerdo rápidamente e ir todos a una: no son épicas ni necesarias, ni siquiera tienen que ser justas, van acompañadas de cierta picardía y consiguen un beneficio que sacia al instante. Un ejemplo es el que narra la noticia a la que pertenece este titular: «Una profesora de Derecho llega tarde al examen y los alumnos buscan una ley para el aprobado general».

Resulta que la profesora apareció con 30 minutos de retraso y los alumnos, mientras esperaban, en vez de ponerse a repasar, se dedicaron a buscar en la ley una norma que dictase que, tras esperar a la docente un tiempo determinado, se les otorgase el aprobado general. Ahí es nada.

Me llamó la atención lo fácil que despertamos la solidaridad para ciertas causas que, en el fondo, son una pillería. Somos así. Nos gusta el camino fácil, y para eso nos agarramos a un clavo ardiendo. Yo también lo veo en mis alumnos. La última vez tuvo como objetivo conseguir que se les devolviera el balón de fútbol para poder jugar durante el recreo, si es que a eso se le puede llamar jugar (a mí me recuerda más a la lucha libre). Vinieron en comitiva a la sala de profesores, convencidos de sus razones y con amnesia sobre los motivos que los llevó a esa situación. Allí no importaba qué había que aprender de la situación de cara a un futuro. Prevalecía lo que les convenía: recuperar el balón cuanto antes y jugar. Ya, si se repetían los motivos que los llevaron al castigo, protestarían de nuevo y vuelta a empezar.

Solemos confundir lo que nos conviene con lo que es justo. Una causa justa va más allá de la persona, tiene vocación de bien común y permanente, y se alimenta de la generosidad y fraternidad de cada uno. Las conveniencias, a mi entender, suelen ser motivos que nos llevan a actuar más mirando por el bien individual (aunque sea un bien compartido por muchos) que por un bien permanente, meditado, consensuado y verdaderamente necesario. En la lucha por esas conveniencias astutas y apresuradas sacamos garra, vociferamos, buscamos la trampa en la ley y confabulamos. La posibilidad de fracasar en el empeño no existe porque las protestas nos avalan, los gritos son altos, la cohesión es fuerte, y la cabezonería lo es más.

El problema de hoy es que creemos que somos merecedores de todo lo que deseamos. Y, normalmente, deseamos lo que creemos que nos conviene y no lo que es conveniente. Esto lleva al convencimiento de que del deseo a la culminación del mismo no hay ningún camino que recorrer, sino solo una catapulta que te transporta de sopetón y al instante. Sin esfuerzo, sin reflexión, sin análisis ni confrontación con uno mismo.

Por cierto, los alumnos de la noticia no lograron su propósito y tuvieron que realizar la prueba. Es lo que tiene la vida, que es más sabia que nosotros y, al final, te coloca en tu sitio. Sin trampa ni cartón. Ella también tiene sus propias conveniencias.

Almudena Colorado

 

FRONTERAS Y ECOTONOS

Para los científicos, un ecotono es una zona de transición entre ecosistemas diferentes. Se trata de lugares donde se entrecruzan mundos biológicamente muy diversos, puntos de encuentro en los que tiene lugar una mezcla sorprendente de especies que no suelen verse juntas.

Algunos de los ejemplos más característicos de ecotonos son el límite donde el bosque da paso al pastizal, al matorral o al roquedo; o la estrecha franja de exuberante vegetación que crece junto a los ríos en lugares áridos; o la zona intermareal que pasa parte del día sumergida bajo las aguas de la marea alta, y otra parte del día expuesta al aire y el sol durante la marea baja. En todos estos lugares se da una mezcla atípica de formas de vida, convirtiéndose en lugares de gran diversidad biológica.

Percibir la sutil transformación de un hábitat y la riqueza asociada a ese cambio, sin embargo, exige adiestrar la atención y permanecer abierto a la novedad que emerge en los pequeños detalles.

Ahora bien, el carácter poroso, fluido y liminal de los ecotonos no es exclusivo del mundo biológico. La Biblia está llena de narraciones que expresan la fecundidad de los lugares fronterizos, de los ecotonos culturales y espirituales. Los encuentros con la mujer del faraón, con Rut o con Job representan oportunidades privilegiadas de creatividad y fecundación del pensamiento teológico de Israel.

En los evangelios, la mujer sirofenicia, el centurión romano o la samaritana simbolizan fronteras culturales y espacios de diálogo similares en los que se enriquece la experiencia espiritual del propio Jesús.

En nuestras vidas podemos preguntarnos también por las experiencias en las que Dios se ha revelado de modo intenso o novedoso. A menudo coinciden con las transiciones de la vida, con los grandes 'portales de la trascendencia': el nacimiento, la enfermedad, el final de la adolescencia, el inicio de la vida laboral, la despedida de un ser querido, el nacimiento de un hijo, etc.

Otras experiencias, sin embargo, son más cotidianas: la vuelta de un viaje, la finalización de una tarea, un rato de oración, el encuentro fortuito con un amigo. Todos estos momentos, extraordinarios o cotidianos, son ecotonos existenciales con un gran potencial espiritual.

La vuelta del verano es ciertamente uno de esos ecotonos existenciales. En este tiempo transitamos, en muy breve espacio de tiempo, del descanso y el ocio veraniego a la disciplina y la monotonía del trabajo, de la lógica de la fiesta a la lógica de la productividad. Esta transición puede ser una gran oportunidad para percibir la riqueza, la diversidad y la sutil presencia de Dios a nuestro alrededor. Hagamos de esta frontera un lugar de evolución y enriquecimiento espiritual.

 

QUE LA DISTANCIA NO NOS DISTANCIE

Irse de casa puede parecer tan simple como coger la maleta y salir por la puerta, pero en realidad es una de las decisiones que más dilemas plantea en la vida. Cuando nos vamos, sobre todo si es lejos, una de las primeras preocupaciones que nos acechan es qué pasará con la gente que dejamos “atrás”. Hacemos planes de futuro y prometemos muchas cosas, pero sabemos que la distancia afectará a nuestras relaciones, que nos distanciará de algunos y nos acercará a otros. La distancia nos hace ver las cosas con perspectiva y nos obliga a darnos cuenta de las cosas que echamos de menos y las que no, a valorarlas en su justa medida.

Para ciertas personas, existe otra relación por la cual preocuparse, una más profunda, y es que marcharse de casa implica un cambio en la manera de vivir la fe. No en todos los sitios vamos a encontrar una misa a nuestra medida (ni siquiera en nuestro idioma), ni un grupo de gente que comparta nuestras inquietudes espirituales, ni tampoco la posibilidad de participar en alguna actividad que nos acerque más a Dios. No vamos a encontrar a nadie que nos ayude a mantener la fe. Y es en ese momento cuando damos mayor valor a las cosas que teníamos en casa, a esas oportunidades que se nos presentaban para vivir la fe en una comunidad. 

A nosotros, los jóvenes, la vida nos ofrece diariamente mil distracciones que nos mantienen ocupados. En un Erasmus, por ejemplo, las primeras semanas las pasas abrumado por la gente que vas conociendo, las fiestas de bienvenida, los proyectos de viajes, el aprendizaje de un nuevo idioma… Pero cuesta centrarse y no olvidarse de la fe. Descuidarla es lo fácil, sobre todo cuando no tienes a nadie que te ayude a mantenerla. Lo difícil es luchar por ella en un mundo que no te da la oportunidad. Sin embargo, todo es cuestión de buscar, de no darse por vencido y de cuidar la fe igual que cuidamos las relaciones con nuestros amigos. De esta manera, te vas dando cuenta de que en muchos más sitios hay personas que se reúnen cada domingo para escuchar su Palabra. Fuera de casa descubres otra manera de vivir la fe, que conlleva más esfuerzo, pero es igual de válida. Porque la fe no está anclada al lugar donde vives, no depende de tu ciudad o de tus amigos, sino que viaja contigo y vive contigo sea donde sea. Y eso es algo que, como las cosas que realmente valen la pena, no hay que perder de vista. Que la distancia no nos distancie. Y mucho menos de Él.

 

11 MOTIVOS POR LOS QUE SENTIRSE ORGULLOSO DE SER CRISTIANO

  1. Porque nuestra propuesta de vida, la de Jesús de Nazaret no excluye a nadie, sino que nos acepta como somos y nos impulsa a ser mejores.

  2. Porque cuando todos parecen ignorarnos, lo que verdaderamente ocurre es que están buscando en otro lado.

  3. Es decir, buscan algo que nosotros sí tenemos. Una forma de vivir que dota de sentido nuestra existencia.

  4. Porque no hay nada más actual que defender valores como el Amor concreto, entregado y para siempre, la inclusión verdadera, la vida con sentido desde el principio hasta el final, la familia como centro de la sociedad y la sociedad volcada en los cuidados sobre los vulnerables.

  5. Porque si nos señalan es bueno, siempre que sea por la Verdad. Ser cristiano también es ir un poco a contracorriente.

  6. Porque si ponemos un poco de empeño, estudio e interés, podemos conocer una riqueza de pensadores, pero también de testigos que es tan milenaria como actual. Desde nuestra primera referencia, Jesús de Nazaret, hasta el último cristiano del último rincón del mundo. Y ejemplos de testigos hoy los hay hasta debajo de las piedras.

  7. Porque, bien vivido, el catolicismo es la máxima expresión de universalidad.

  8. Una universalidad sana, que nos hace sentirnos parte de un cuerpo, aceptando que tenemos distintas funciones y expresiones (culturales, comunitarias, carismáticas...) que puede cooperar para construir un mejor mundo.

  9. Porque creernos de verdad la riqueza espiritual y humanista del cristianismo es un reto que, siempre, nos lleva a mejores puertos.

  10. Porque ante la pereza, el Evangelio nos empuja hacia la utopía. Y la utopía se construye con pequeñas realidades concretas.

  11. Porque existen tantas formas de ser testigos del Evangelio como personas que lo viven. Y eso es siempre enriquecedor y una motivación para salir a los que buscan.

 

DIOS NO SE TOCA

Hay una canción de Alejandro Sanz cuyo título es La música no se toca. Habla del carácter eterno de la música: «…pasaremos todos y quedará, recuérdelo, una canción…Y quedará la música cuando no haya a quien amar».

Pensaba en esto cuando leía un artículo acerca del aumento de jóvenes que se alejan de la religión. Incluso jóvenes que han sido muy creyentes y practicantes. La noticia me recordó a la lectura de los Hechos de los Apóstoles en la que Pablo y Bernabé acuden a los apóstoles a resolver una duda: ¿deben los nuevos cristianos asumir las tradiciones judías para convertirse?

En realidad, es una cuestión acerca del sentido que tienen algunas tradiciones que hemos venido haciendo desde siempre y se han convertido en un «es que siempre se ha hecho así». Ante la pregunta de Pablo y Bernabé, los apóstoles contestarán, entre otras cosas: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables…». Y yo me pregunto: ¿cuándo algunas tradiciones de la Iglesia se nos han atragantado? ¿A cuántas les hemos dejado de encontrar sentido? ¿Cuántas nos han distanciado de Dios más que acercarnos a Él?

Doy Religión a adolescentes de entre 16 y 18 años, y soy testigo de primera mano de cómo viven, ya no solo la religión, sino «la cuestión de Dios». Muchos de ellos aún se encuentran en la idea de un Dios de barba blanca que está en el cielo, ajeno a nuestras cosas y que solo se asoma para castigarnos de vez en cuando por nuestros fallos. Otros han empezado a discurrir algo más, pero, de los primeros atisbos de duda (que tan necesaria es para avanzar), pasan directamente al pasotismo o la negación de Dios. ¿La razón? La mayoría alega que no les gusta la Iglesia, que no encajan en sus discursos, y que ni entienden ni encuentran sentido a sus tradiciones, las cuales viven como una carga.

¿Es que la Iglesia tendrá que hacer una revisión de esas tradiciones? ¿O seremos nosotros los que tendremos que dar una vuelta a cómo las entendemos, las vivimos y las transmitimos?

Los tiempos cambian, y no entendemos ni vivimos las cosas igual. ¿Por qué no trasladar esto a la Iglesia y las tradiciones de nuestra fe? Mi gran preocupación: de qué manera dar este paso sin desvirtuar el significado de dichas tradiciones, sin manosearlas hasta el punto de que, de modernos que queremos ser, dejemos fuera la esencia y verdad del mensaje.

Para ello se hace necesario que el Espíritu Santo no quede fuera del diálogo que hay que mantener, el mismo que tuvieron Pedro y los demás. Él es quien puede poner luz, guiar por caminos consecuentes a la fe que predicamos, renovar sin trastocar ni adulterar. Solo el Espíritu nos puede ayudar a poner palabras y mediaciones a lo indefinible, que es ese Dios tan imposible de encerrar en tradiciones, costumbres y normas. Sea lo que sea, pase lo que pase, que la verdad sobre Dios se mantenga y seamos fieles a ella. Dios no se toca, como le pasa a la música a la que canta Alejandro Sanz. Ya lo decía Jesús: «cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

 

RENUNCIAR TAMBIÉN ES COSA DE VALIENTES

Decía Heiddeger: «La renuncia no quita. La renuncia da». Esta frase la descubrí hace poco, y fue como esa especie de confirmación que necesitaba a una cuestión que hacía tiempo que le daba vueltas: que, a veces, renunciar es lo necesario y lo más valiente. Como guinda a esta reflexión, el otro día me topé con un artículo cuyo titular decía así: «De tocar con 'El Canto del Loco' para 100.000 personas a hacerlo ante siete: una historia de dignidad artística». El protagonista del artículo es Pipo Romero, un talentoso guitarrista gaditano que renunció a grandes conciertos, altos cargos en discográficas y sueldos desorbitados para ser fiel al tipo de música que quería componer y cantar. Aunque eso le trajera sinsabores como estar endeudado hasta arriba, no tener vida social o tener que depender de la ayuda de la familia o de la pareja. Pero el tipo no se arrepentía de la decisión tomada: la de optar por una vida austera y de duro trabajo, porque la otra, la de mucho éxito y dinero, «no me alimentaba nada interiormente».

Siempre he sido muy atrevida con todas las propuestas que me han ido saliendo en mi vida. Es como si llevara tatuada en mi mente esa expresión de «no dejar pasar ningún tren». Con los años me he dado cuenta de que es más una cuestión de discernimiento que de comprar todas las papeletas por si alguna toca. Y en ese discernimiento a veces se descubre que la mejor decisión es renunciar.

En ocasiones nos sobrevienen esos cantos de sirena que asaltaron a Ulises en su odisea, y como no nos agarremos bien a algo firme, nos terminan llevando a donde nos dicen. Cantos que hablan de relaciones menos complicadas, de sueldos más altos, de vidas menos comprometidas, de menos esfuerzo y sacrificio y más buscar lo fácil y rápido… Esas tentaciones que nos asaltan a todos alguna vez en la vida. Tan melodiosas, tan seductoras y tan tormentosas también.

Creo que ese frenesí por vivirlo todo se desvanece cuando uno aprende a sentarse al lado de sus propias tentaciones y las escucha. Da miedo, sí; son tan sugerentes y tienen un discurso tan bien hecho…Pero dentro de ellas ruge algo muy nuestro: lo que echamos en falta, lo que ansiamos, esperamos o deseamos de la vida. En ese diálogo que establecemos con ellas entra el discernimiento. No se discierne si solo se escucha una voz, la propia voz. Hay que escuchar las otras, las que preferiríamos que no nos hablaran.

Me llevó mucho tiempo entender que renunciar es elegir. Es como la solución negativa de la ecuación de segundo grado, que parece la más fea, pero es solución también y, a veces, solución necesaria. Y puedo decir, con el corazón en la mano y sin ánimo de quedar bien ni de poner un final redondo a este texto, que en esas renuncias es cuando he aprendido de verdad lo que es sentirse libre. A pesar de la ruptura que se experimenta, de las dudas que te asaltan, de las miles de veces que te acosa la idea de haberte equivocado. Justo en ese agujero estrecho por el que decides pasar descubres dentro de ti una seguridad y confianza que reconstruyen todos los escombros que dejaron en tu interior aquella renuncia.

La renuncia no siempre es un retroceso. No tiene por qué ser el resultado de la cobardía o del miedo. Ni de la pereza o la apatía. A veces se renuncia por justicia, por sensatez, por lealtad, por generosidad. Y por amor. Sí, también por amor.

 

ESAS COSAS SOLO TE PASAN A TI

Hay una frase muy conocida que dice: las buenas historias sólo le ocurren a quien sabe contarlas. Y algo de cierto hay. No es que esas personas tengan un imán para las buenas historias, creo yo. Como si a ellos les pasasen más cosas divertidas, o más románticas, o más sorprendentes que al común de los mortales. Más bien, imagino que les ocurrirán las mismas cosas que a todo el mundo... pero su mirada sabe captarlas de un modo que se vuelve una gran historia que contar.

Algo de esto nos podría pasar si entrenásemos una mirada agradecida a nuestra propia vida. Porque sí, el agradecimiento se puede educar. ¡Se entrena y se aprende! Este verano, en un voluntariado con un grupo de jóvenes, he aprendido que una mirada agradecida cada noche hace resaltar ese lado bueno de las cosas. No es que no hubiera dificultades, claro que las había. Pero también estas se convirtieron en oportunidades para crecer.

Se trata de releer cada día en esa clave. ¿Qué puedo agradecer hoy, Señor? Porque si uno mira bien, nuestra vida está llena de motivos por los que dar gracias. Desde lo más insignificante a lo más grande. Desde el amanecer hasta el atardecer. Respirar, andar, abrazar a alguien, charlar con un amigo, leer algo apasionante, dejar cumplida una tarea, sentirme cansado después de hacer deporte…

Entonces cambio la frase con la que comenzaba: las buenas cosas solo le ocurren a quien sabe agradecerlas. Quiero decir, nos ocurren a todos, pero solo las reconoce quien sabe agradecerlas. Y yo quiero ser de esos.

 

ESPÍRITU DE HUMILDAD

La humildad no vende. Esta pasada de moda, caduca, vencida, demodé. Pertenece a otra época, a otra moral, incluso. Pasa lo mismo con el espíritu de sacrificio, que mi abuela aún invoca, porque se ve que en su niñez les inculcaron que tenían que sacrificarse y ofrecer esos sacrificios. En plan un poco comercial, la verdad, como si porque uno no bebiera cuando le acuciaba la sed fuera a aparecer un pozo en África.

Tal vez pedagógicamente no fuera perfecto, pero esas enseñanzas que hoy ya no se imparten no han sido sustituidas de forma eficaz. La Iglesia, y nosotros como Iglesia, seguimos necesitando humildad y también espíritu de sacrificio.

La humildad es necesaria, pero es muy difícil reivindicarla. Si a un especialista en marketing le pides una campaña sobre la humildad se echa a llorar. ¿Qué promocionas ahí, a qué estímulos apelas?

La humildad es necesaria porque no somos perfectos, y hemos de ser capaces de reconocer nuestras limitaciones. Implica ver en el otro no a un competidor, sino a un maestro, en tanto que es mejor que uno mismo en determinados aspectos.

La humildad se predica de las personas, pero la misma palabra lleva implícita un matiz peyorativo o, peor aún, conmiserativo. «Humildes orígenes», decimos, para añadir: «pero supo labrarse un porvenir»… Es una 'cualidad' a superar, no es algo en lo que instalarse.
Sin embargo, es una cualidad cada día más necesaria en este mundo de petulantes en el que todos sabemos de todo y nunca nos equivocamos.

Un sacerdote fallecido en la pandemia predicaba mucho sobre la humildad. De las personas, y de las instituciones. De la Iglesia. Porque cuanta mayor altura intelectual se tenga, decía, más humilde se debe ser.

De poca gente se puede decir que sea humilde como algo positivo. No sabemos reconocer la grandeza de la humildad, no hemos sido educados para ello. Por eso nuestra cultura no es completa. Trabajamos para el reconocimiento, y llegamos a creer, humanamente, que nuestros logros nos pertenecen, que nos los hemos ganado.

No sabemos reconocer la mano de Dios en nuestros talentos, muy raras veces se los agradecemos. Y mucho menos admitimos que Dios también se ha esforzado en los demás, y los ha hecho mejores que nosotros. Aceptar una cosa tan simple nos cuesta tanto, que optamos por no hacerlo. Y no voy a echarle la culpa al mundo, a los anuncios y al modelo de sociedad que se nos propone. Porque es la propia Iglesia la que tiene que predicar desde la humildad y recordarnos, a día de hoy, esa actitud que mantiene su vigencia. Y somos nosotros los que debemos aceptar nuestra limitación, y hacerlo de buen grado, aceptando la humildad no como una pose, sino como una actitud de agradecimiento a Dios y reconocimiento a los otros.

 

DÉJATE QUERER

Hace muchos años, cuando me veía intentando ser todo el día un super héroe, un buen amigo me decía: «Déjate querer». Yo entonces era muy joven, y estaba soberbiamente convencido de poder con todo. Y quizás esto se volvía un imperativo más acuciante aún en los malos momentos. Pensaba que mostrar las tormentas, la congoja de a veces, la desesperanza que en ocasiones te asalta, era, de algún modo, demostrar no estar a la altura. Pero mi amigo tenía tanta razón... Uno a veces necesita dejarse apoyar, dejarse acoger, dejarse acariciar, dejarse sostener. No es señal de debilidad, ni de flaqueza. No es motivo de vergüenza pedir ayuda. No indica ninguna forma de fracaso descubrir que uno no es autosuficiente, o reconocer que no es necesario –de hecho, es bastante equivocado– ir siempre con la actitud de quien todo lo puede.

En ocasiones hay que confiar en el gesto amable, en la palabra sincera, en la mirada que se vuelve hogar.

Y a veces, y esto es lo más valiente de todo, uno necesita pedir ese apoyo, aunque al tiempo ha de estar dispuesto a recibirlo, o no. Porque el amor no se exige.

 

EUROPA ENSIMISMADA O EL SENTIMIENTO LÁNGUIDO DE LA VIDA

A veces uno piensa que esta vieja Europa está viviendo algo así como lo que fue el declive del imperio romano. Quizás voy a caer en el estereotipo y los historiadores matizarían mucho. El caso es que uno tiene la impresión de que la Roma que conquistó aquel mundo antiguo era pujante, ambiciosa, llena de figuras que soñaban a lo grande. Luego vinieron siglos de lenta transformación, y ya al final una época de decadencia.

Mientras, al otro lado de las fronteras, otros pueblos emergentes, con todo el futuro por construir, pedían turno. Y lo ganaron por la fuerza de su necesidad, su ambición y sus convicciones. Digo esto porque ver a nuestra Europa occidental perdida en juegos de salón mientras el resto del mundo vive intemperies y avances, al menos asusta. Tenemos políticos que se han especializado en problemas de humo, en magnificar temas locales e ideológicos, quizás porque dan por sentado que vivimos suficientemente bien. Somos sociedades envejecidas por los años, preocupadas por ficciones o anestesiadas por el bienestar. Sociedades que han convertido la lucha en enfermedad y todo lo psicologizan. Sociedades que ni empujan, ni solucionan problemas. Solo viven de las rentas de lo que otras generaciones, mucho más capaces de sacrificarse, consiguieron. Sociedades que conjugan de maravilla la exigencia y el bienestar, pero no quieren oír hablar de renuncias o costes. Sociedades donde el egoísmo se ha vuelto ceguera, exclusión y frontera. Sociedades tan ensimismadas que ni siquiera comprenden que necesitan savia joven.

Lo de Rusia en Ucrania puede demostrar que Europa, a no ser que de verdad esté dispuesta a unirse y a pagar el coste de sus decisiones, ya no sabe hacer nada más que amenazar con declaraciones sonoras y promesas de sanciones que luego no sabe llevar hasta el extremo. Y que conste que ojalá me equivoque. Y ojalá la "guerra económica" sea una alternativa viable a la violencia -aunque desgraciadamente terminará haciendo sufrir a los mismos-. Ojalá los hechos que están por venir hablen más de solidez que de pusilanimidad.

Pero, si no me equivoco, si seguimos atascados en este "sentimiento lánguido de la vida", si de veras la vitalidad y la pujanza están en otro sitio... seguirá el lento desvanecerse. Lo más trágico es que probablemente falten aún algunas décadas hasta que, mirándonos al espejo, solo veamos fantasmas de ayer.

 

NO ES TUYO


 Dicen que nacer es uno de los momentos más estresantes de la vida humana. Que el bebé naciente no tenga el cerebro totalmente desarrollado hace que lo pueda sobrevivir. Probablemente, un adulto no podría asumir tal experiencia extrema de salir a la luz y respirar aire fresco.

Lo mismo ocurre con Dios. Sabe que no podemos con todo. Dios es discreto, nos da poco a poco para que podamos asumir tanto regalo. La misma vida es donada, nadie puede decidir nacer y existir con un determinado y único cuerpo. Para que Dios infinito no asuste a una criatura tan pequeña como nosotros, Dios se da escondidamente entre las cosas, las personas, todo lo que existe.

Por eso una tentación habitual es pensar que algo es nuestro. La vida, aunque cada uno la vive singularmente, no es de quien la vive. Las capacidades tampoco son del todo nuestras porque no hicimos nada para tenerlas. Ni la forma física, ni la inteligencia ni la belleza. Lo que tenemos, lo que vino dado, no podemos atribuírnoslo. Sin embargo, apropiarnos de cosas es muy humano. Pensamos que esos árboles que vemos son de uno y lo llamamos propiedad. Pero, en realidad, esos árboles y sus frutos están allí creados para que los disfrutemos cuantos más mejor.

Hay un término jurídico que se aproxima más a lo que es real: el usufructo. Es decir, el uso y disfrute de las personas, las cosas, todo lo creado. Pero la propiedad es de Dios. De Él salió todo y al volverá, en eso creemos los cristianos. Incluidos tiempo y espacio. Todo. Absolutamente todo. Y, entre sus propiedades, navega nuestra libertad para hacer que lo creado merezca la pena. Para aprovechar el regalo. La vida no es tuya. Lo que ves y tocas no es tuyo. Disfruta y aprovecha el regalo de tener más tiempo. Seguro que en eso consiste vivir una vida buena.