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EXPECTATIVAS Y ESPERANZAS

La Pascua es momento de celebrar la esperanza, pero, a la vez, nos confronta con el silencio de Dios. Conmemoramos su «paso» por la historia. Sin embargo, se trata de un paso silencioso, como de puntillas, como suele suceder en la vida de cada uno. El propio Cristo sufrió este silencio. En Getsemaní, el Padre parece no atender a su ruego. Y en el Gólgota, tampoco parece dispuesto a escuchar su clamor: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

El Sábado Santo, el silencio se vuelve más denso. Nos evoca al Creador que en seis días realiza su obra y el séptimo descansa. La historia de la humanidad no deja de ser un largo sábado en el que Dios ya no está, se esconde, o, simplemente, calla.

O, tal vez, no le oímos porque, distraídos con nuestras expectativas, no le prestamos atención. Los judíos ansiaban la llegada de un Mesías victorioso. Los apóstoles pretendían ocupar puestos relevantes en un Reino que se había de implantar. Un ladrón desesperado reclamaba a su compañero de infortunio que, si era realmente quien decía ser, le rescatara de tan cruel tormento. Unos y otros se sintieron defraudados por un Jesús colgado en una cruz.

El primer día de la semana, de madrugada, unas mujeres acudieron a una tumba para cuidar de un cuerpo sin vida. Quedaron desconcertadas. Ante el sepulcro vacío optaron por creer que unos malhechores habían robado el cadáver. Era la hipótesis más plausible. Y unos discípulos, de camino a Emaús, le confesaron a un forastero su profunda decepción; no se habían cumplido sus legítimas expectativas.

Nuestra fantasía suele inventar el futuro. A veces lo hace para aliviar la angustia generada por la incertidumbre. No obstante, los hechos suelen desbaratar nuestros planes. Al desmoronarse el castillo de naipes, quedamos a merced del desencanto.

Ahora bien, la esperanza cristiana no se fundamenta en la capacidad de prever el devenir de los acontecimientos. Es como la fuerza que nos inunda cuando confiamos en un ser querido. Pase lo que pase estará con nosotros, aunque, a veces, guarde silencio. La conversión implica superar el consuelo pasajero de las expectativas para aprender a confiar a ciegas, como hacen los buenos amigos, incluso cuando escasean las dosis de optimismo.

 Josep Otón

 

EL DIOS DE LOS SUSURROS

El otro día me llegó por una de las redes sociales un texto en el que un soldado del ejército ucraniano agradecía nuestras oraciones por su pueblo. Decía que dichos rezos le habían ayudado, a él y a sus compañeros, a descubrir vías de escape de las balas, a despistar a los enemigos, a librarse misteriosamente de determinados peligros… Eran hechos sutiles, casi como pequeños milagros que les habían salvaguardado de, seguramente, la muerte.

No sé si este texto es realmente un escrito de tal soldado, o es una de esas cosas falsas que van circulando por internet. Pero a mí me hizo pensar en «el silencio de Dios» ante estos hechos tan horribles.

El silencio de Dios nos asalta de vez en cuando en la vida. Es esa ausencia de respuesta por su parte en los momentos más tenebrosos de nuestra historia. Le preguntas, y nada. Compartes tus necesidades y penas con Él, y nada. Ruegas y suplicas, y nada. Dios parece sumergido en un mutismo insondable, impenetrable y absolutamente opaco para nuestro entendimiento. ¿Dónde está ese «pedid y se os dará, llamad y se os abrirá»? ¿Dónde está ese Padre que «nos lleva tatuados en la palma de la mano»? ¿O ese pastor que deja a todas sus ovejas para salir a buscar a la perdida?

Poco a poco he ido desistiendo de intentar entender ese silencio. Al fin y al cabo, también ese silencio lo padeció su propio hijo en la cruz. Pero algo he aprendido: que Dios esté en silencio no significa que no esté. Ese silencio denso que te envuelve como una nube es también signo de su presencia. No entiendo muy bien qué me quiere decir con él, si es que está respetando mi libertad y la de los demás, si está poniéndome a prueba o simplemente está esperando a que sea yo la que dé algún tipo de respuesta. Y sí, muchas veces he dicho: «Dios ya no vive aquí»; o he puesto en duda su existencia y las creencias que han formado parte de mí toda la vida. Sin embargo, en el fondo, muy en el fondo, de alguna manera he sentido que estaba ahí, conmigo, padeciendo, callado, conmigo; abrazándome, porque a veces un abrazo es mejor que mil bellas palabras seguidas.

Cada día veo las noticias de la guerra, horrorizada y con tristeza, y sigo preguntándome «¿dónde estás, Dios?». Y me digo que Dios es también el Dios de los susurros, que no trona desde el cielo, sino que habla en voz bajita. Es el Dios de las pequeñas cosas, de las acciones sencillas pero salvadoras, de los humildes gestos que encienden algo de esperanza. Es como si Dios se hiciera pequeño y tomara la talla de nuestras acciones y palabras, para, a través de ellas, aliviar y ayudar. Y en Él confiamos, en que en su infinito amor y sabiduría sabrá recoger en sí mismo el sufrimiento, sabrá hacer que de él saquemos vida, sabrá acoger cada situación para darle plenitud y sentido.

En este tiempo de Cuaresma en que caminamos con Jesús hacia la cruz, nos unimos a Él en su dolor, decepción, abandono… Con Jesús, el mundo también se clava en una cruz, pregunta a Dios por qué le ha abandonado, y espera la resurrección. Porque la resurrección es la respuesta segura que romperá todos los silencios.

 

CON SOLO UNA MIRADA

Es curioso que, después de cuarenta y pico años de vida, haya descubierto hace bien poco lo que importa una mirada. ¿Habré recibido miradas a lo largo de mi vida? ¿Y habré mirado tantas y tantas veces, y de tantas maneras? Sin embargo, ¡qué poco consciente he sido de lo que hace en una persona la forma con que yo le mire!

La mirada es un lenguaje, una forma de comunicar. Y en estos tiempos en que tenemos que ir tapados de nariz para abajo, es EL lenguaje. Y es bueno que reparemos en cómo vamos posando nuestros ojos en aquellos con quienes tratamos en nuestro día a día, porque la mirada dibuja, marca, cincela al otro.

Si sentimos sobre nosotros una mirada fea, o directamente nos dejan de mirar, se crea en nosotros la creencia de que somos lo que esa mirada (o ausencia de ella) nos transmite. Así, una mirada dura puede hacernos sentir miserablemente pequeños; una mirada cargada de reproche puede hacernos sentir como si tuviéramos que pedir permiso para seguir existiendo; una mirada fría puede hacernos sentir desnudos y vulnerables; una mirada de desprecio puede hacernos creer que no somos dignos de nada y de nadie…

Sin embargo, ¡cuánto bien puede hacernos una mirada amable! Una mirada delicada y despierta, que acoja, que dé calor, que disculpe, que observe tu interior, que te diga: «Cuéntame, estoy aquí, te quiero…».

Ciertamente, la mirada construye. ¿Cuántos y cuántas habrá por ahí que han terminado siendo lo que tantas miradas le han dicho que son, un día y otro día? ¿Cuántos y cuántas han terminado escondidos, apartados, desheredados de esta sociedad porque simplemente se les dejó de mirar? Estas preguntas me llevan a recordar al hijo pródigo de la parábola que, en su deseo de reconciliarse con el Padre, se preparó un discurso con el que plantarse ante él: «Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo…». Ese «no merezco» probablemente tenía que ver con la manera con que él esperaba ser mirado a su regreso. No imagino su sorpresa, su alivio y su inmensa gratitud al encontrarse a un Padre deseoso de su regreso, que salió corriendo a su encuentro en cuanto lo vio y que ni le dejó terminar el discurso. Un padre que, probablemente, llevaba sobre su rostro la mirada del amor y el perdón, esos que todos hemos mendigado alguna vez.

Cuando últimamente pienso en las miradas que recibo y cómo estas me hacen sentir, y también en las miradas que yo emito, siempre siempre trato de volver al «abrazo del Padre», como hizo el hijo pródigo. Lo hago buscando en Él LA MIRADA, la que ve lo que realmente soy: una hija amada por Él. Y de esa mirada de amor yo me alimento y aprendo para mirar de tal manera que nadie sienta mis ojos como un peso en sus espaldas, sino como el alivio del camino.

 

NO PODEMOS... ¿PODEMOS?

Hoy escuchaba una entrevista en la radio de una mujer que había sufrido malos tratos, un relato tan duro y estremecedor, como enriquecedor en su capacidad de sobreponerse a tal barbarie. En la charla compartía una idea muy sencilla pero muy inspiradora: a veces nos centramos en lo que no podemos y nos olvidamos de lo que podemos. Si somos sinceros, a veces dedicamos muchos momentos a fijarnos en las limitaciones y dificultades de muchas situaciones del día a día y poco a poco vamos limitando los podemos que están en nuestra mano.

Es cierto que quizás no podemos solucionar el mundo, evitar muchas injusticias, mejorar muchas situaciones del día a día... pero seguro que en medio de todas estas situaciones hay algún podemos que esté en nuestras manos, algo tan sencillo como una palabra, un gesto, un silencio, una llamada, una sonrisa, un abrazo, un rato de conversación, un agradecimiento, una mirada cómplice, un wasap, un café…

Tampoco Jesús fue capaz de solucionar todas los problemas que se presentaron en su día a día, pero nunca se centró en lo que no podía, sino que su mirada siempre fue la de quien quiere ser fiel a su misión y al Padre, y así pudo centrarse en lo que podía: anunciar, ayudar, sanar, denunciar, acoger y así salvar.

Y yo, y tú, y nosotros ¿qué podemos...?

Agus Couto Picos




LA NORMALIDAD DEL PRIVILEGIO

Nos parece normal. Desde que nacemos. Nos educan así desde pequeños.

Es normal que tengamos que encajar en un rol de género. Que haya una persona pidiendo en el semáforo por el que paso todos los días. Que asciendan a un varón en vez de a una mujer porque ella se puede quedar embarazada, al estar recién casada.

Es normal que no nos hablemos con otras razas, aunque vivan en el portal de enfrente, o que haya países enteros que nunca vayan a desarrollar una red de agua potable para sus ciudadanos.

Normal es que las trabajadoras domésticas tengan un régimen especial en la Seguridad Social más propio de la esclavitud que de un empleo digno.

Es normal que quien es ama de casa por criar a sus hijos o cualquier otra circunstancia considere que ella no trabaja, cuando trabaja con sus cuidados igual o más que si tuviera un empleo fuera del hogar. Parece normal que escriba ama de casa, en femenino, porque se asume que un varón nunca va a desempeñar ese trabajo.

Normal es que los suicidios sean una realidad invisible en las sociedades ricas.

Normal es que la asistencia buco-dental no esté garantizada para todos, porque la boca y los dientes no son un asunto primordial de salud.

Es normal que en el mismo mar donde me baño se ahoguen personas y que se persiga a quienes tratan de rescatarlos.

Normal es que los políticos no busquen el bien común de las personas y no alcancen acuerdos que mejoren la vida de las personas.

Es normal pelearse por el nombre de cada país, por el sentimiento identitario que cada uno tiene, mientras los servicios básicos son cada vez más precarios.

Es normal que los niños jueguen más con pantallas que con otros niños. Que los jóvenes sepan que les espera un trabajo precario y que fundar una familia sea un sueño cada vez más lejano.

Es normal que haya espacios de la ciudad vetados para determinadas personas por cómo visten.

También es normal que haya mujeres que tienen miedo al volver a casa de noche por determinadas calles.

Es normal vender sabiendo que estás engañando, aunque sean grandes inversiones o ahorros de toda una vida. Lo normal es progresar económicamente caiga quien caiga. Que el mercado preceda a la persona. Lo normal es comprar el último modelo de todo, entre otras cosas porque el móvil de hace dos años es normal que explote solo. Obsolescencia programada, creo que se llama. Es normal que esos minerales que lo forman los hayan obtenido menores.

Es normal que viajando por cualquier autopista haya clubes de prostitución con más de un coche estacionado.

Es normal que el poder sea controlar, decidir, ocupar y no servir.

Es normal que se quemen los bosques, da igual si es en el Amazonas, Siberia, Portugal o California. Y que los océanos se llenen de plásticos.

Es normal no vacunar a unos hijos, tanto como que las farmacéuticas hayan experimentado con seres humanos a costa de su salud. Es normal que haya personas refugiadas y desplazadas.

Es normal que la tierra no sea para todos y que no haya un destino universal de los bienes.

Normal es tirar comida sin ni siquiera cocinarla.

Y que los padres defiendan a sus hijos, incluso cuando saben que el profesor tiene toda la razón y los hechos así lo acreditan.

Es normal que quien ostenta el privilegio quiera mantenerlo. También, que se violente si se pretende cambiar el orden establecido. Como es normal que quien tenga esos privilegios busque que te creas que lo normal es que así continúen las cosas.

Sin embargo, lo normal es, muchas veces, lo anormal.

Buscad el bien, así todo será cada vez más normal.

 

EL SITIO DE MI RECREO

 

La mayoría de personas tenemos algún sitio al que queremos volver. Nuestros lugares de ensueño, llenos de memorias y vida. Puede ser una playa, una buena vista, el pueblo de tus abuelos o un cielo estrellado. Sitios con tanto encanto y que nos evocan tantas cosas que nuestra memoria no puede evitar regresar a ellos durante el año, por mucho que el calendario nos impida escaparnos. Escenarios donde los protagonistas somos nosotros y donde están grabados capítulos memorables de nuestra vida y que forman parte de nuestras raíces más profundas.

Cuando llegan las vacaciones, muchos nos reencontramos con esos rincones de nuestra historia. En ellos podemos dormir, estar con los nuestros, hacer deporte, leer, jugar, rezar, salir de fiesta… Verbos que apuntan a una parte de nuestra vida tan necesaria como irrenunciable y que muchas veces olvidamos y no les damos la importancia que tienen. Acciones que nos recuerdan que es necesario frenar un poco para sacar nuestra mejor versión. Momentos que invitan a conversar, querer, agradecer, pensar, imaginar, cuestionarnos e incluso a soñar, porque Dios también trabaja en medio de nuestro descanso.

El verano, para muchos significa tiempo de vacaciones, ojalá podamos apreciar este tiempo como una oportunidad para hacer de nuestra vida algo más pleno, más humano. Y también para recordar que estos lugares son importantes porque un día Dios quiso hablarnos en lo profundo y hacer de estos espacios el escenario de grandes historias. ¿Cuáles son tus lugares? ¿Y cuáles son tus historias?

CUANDO LA VIDA SE ABRE PASO

A veces nos cae un poco lejos el mensaje de la Pascua. La resurrección, la nueva vida… nos hablan de un futuro que no conocemos y que acaba cayendo en la lista de cosas que dejo para otro día. Es importante, pero no es urgente.

Por eso es muy importante que andemos con los sentidos abiertos a descubrir en el aquí y ahora, en la realidad real, esa vida que se va abriendo paso de manera sutil, callada, quizás lejos de nosotros pero que nos toca ciertamente. Una noticia que estos días nos puede ayudar a acercarnos a esta vida que se abre paso puede ser la primera vacunación a gran escala contra la malaria. Probablemente tú que estás leyendo esto no has padecido malaria, no es un problema de tu pequeño mundo, así que no sabes en qué te ayuda, aunque te alegres, por supuesto.

Pero es que la Resurrección no va de lo que tú disfrutas. Si no de la Vida que se regala a todos. Y por eso es motivo de alegría saber que millones de personas (aunque quizás tú no seas una de ellas) tienen hoy más esperanza de vida. Más posibilidades de aportar a un mundo en el que, aunque creamos lo contrario, la vida siempre se abre paso, de un modo u otro. Y es motivo de alegría todo el trabajo entregado por muchas personas hasta llegar a este avance médico.

Ciertamente esta vacuna está lejos de ser la solución al problema. Su efectividad es limitada y todavía queda un largo recorrido de investigación para ir dando pasos hacia la erradicación de la malaria. Algo que hoy quizás vemos lejano, casi imposible, pero que tenemos la esperanza de que un día llegue.

De esto va el mensaje pascual, en definitiva. Nos habla de una promesa lejana, de un futuro remoto. Pero que llegará. No de un modo repentino y espectacular. Sino a base de trabajo, de hacer camino poco a poco, con errores y recalculando ruta… pero sin dejar de creer en que todo ese esfuerzo tendrá su resultado.

Hasta llegar a esta vacunación masiva han transcurrido más de 30 años de investigaciones. Miles de horas y cientos de personas implicadas en un solo objetivo: que la vida tenga una oportunidad más para millones de personas. Cada uno ha ido aportando su conocimiento, intuiciones, trabajo. Nada de lo invertido se ha perdido. Incluso los resultados fallidos han sumado para llegar hasta este momento. Y cuando han llegado aquí, no han parado. Reconocen que su camino no ha acabado, que tienen que seguir trabajando, esforzándose para alcanzar un resultado completo. Que no saben cuando llegará, pero que están seguros en la esperanza de que lo hará.

Un genuino camino pascual, como el de aquellos discípulos que contemplaron la resurrección y supieron que sólo estaban al inicio de un camino que no sabían adónde les conduciría, pero que sabían que tenían que recorrer si querían alcanzar la plenitud de la vida.

 

EL MIEDO AL PARA SIEMPRE

Es verdad que el seguimiento –como casi todo en la vida– nos lo jugamos en las pequeñas decisiones. Pero también en las grandes. También es cierto que, por lo general, muchas de estas decisiones pueden ser revocadas de alguna manera, como el decidir de qué color vestir o qué quieres estudiar. Pero si se observa con atención, todos nos enfrentamos inevitablemente a decisiones irreversibles porque uno puede vivir su vida una sola vez, y esa oportunidad que se tuvo en aquel momento ya no se dará nunca más. De alguna manera no podemos vivir sin tomar decisiones irreversibles, irrevocables y definitivas. Y, como no se puede, hay que tener el valor de atreverse a tomarlas aunque nos aterren o no se vea tan claramente el pico de la montaña que se quiere escalar, y aunque no se sepa con certeza si se tienen las fuerzas suficientes para llegar hasta él. Sin duda, esto pide coraje y un punto de audacia.

Una serie española de finales de los noventa se llamaba Nada es para siempre, y ya ponía de relieve que, para los jóvenes hoy, uno de los grandes obstáculos para realizar la vida es el miedo al «para siempre», a lo irrevocable, a lo perpetuo. Esa indecisión ante elegir que nace del aspirar a una certeza del ciento por ciento. La obsesión –a veces hasta enfermiza– por la seguridad que, disfrazada de prudencia, termina por ser paralizante. Sobre todo ocurre ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa. De ahí que acabe venciendo la tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete pero «no del todo», a lo que nos obliga pero solo «en tanto en cuanto», a la opción por el «mientras dure». Triunfa el no acabar de apostar por nada o, si no hay más remedio que hacerlo, se rodea de reservas, de condicionamientos, de «ya veremos cómo van las cosas».

Ocurre en todos los terrenos. En el ámbito del matrimonio, por ejemplo, creo que lo más triste no es que se hiciese una ley que permita el divorcio, ni que sigan aumentando sus cifras (quizás hasta habría que dar gracias de que haya personas que no tengan que pasar el resto de sus vidas condenadas al sufrimiento) sino que ya impera la mentalidad del matrimonio provisional, de prueba, de «mientras esté yo a gusto». Total, un amor «mientras dure» que, siendo un absoluto engaño entre dos, es tomado como lo más «civilizado» y «moderno».
En el ámbito de la vida consagrada incide con fuerza. Para mis compañeros mayores aquellos votos perpetuos eran incuestionables, y a nadie se le pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que prometieron ser, pues lo habían elegido libremente. Por supuesto que saben –y sabían– que hay quienes fracasaban y acababan subiendo otros picos (tomando la imagen del principio), pero eso no tenía que ver con ellos sino que era, cuando más, como un accidente de tráfico, en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que, en todo caso, no se prevé como una opción voluntaria.

Por eso –y quizás es que me estoy haciendo mayor– asusta cuando escuchas a jóvenes acercarse a la vida consagrada –o a cualquier opción serie en la vida– «por unos años», o «por el tiempo que las cosas vayan bien» contando con que luego pueden regresar a sus vida o tareas de antes. Sé que lo que sigue tiene un punto de políticamente incorrecto. También sé que Dios no deja a nadie tirado y que cuando una opción de vida –por las razones que sean– fracasa, Él va allí donde uno está y le regala nuevos caminos por lo que transitar y descubrir nuevas sendas de felicidad. Pero sigo pensando que Dios tiene un sueño para cada uno, que es para siempre y que, aunque una primera opción fracase y Dios regale nuevas oportunidades donde ser feliz, no quiere decir que no soñase lo primero ni que haya cambiado de opinión.

Cuando Mercedes Sosa cantaba «todo cambia» acababa diciendo que todo no, que el amor permanece. Y es que, en su propia entraña, el amor verdadero esconde una dinámica que apunta a lo eterno. Por eso, me parece a mí, que el matrimonio, la vida consagrada, el sacerdocio y todo estado de vida serio, o apunta al «para siempre» o no es ni matrimonio, ni vida consagrada, ni sacerdocio… Que si la entrega al cónyuge, a Cristo, a la Iglesia, o a un colectivo humano, es una entrega de amor, no caben planes mensuales o anuales. Claro que uno pueda fracasar y equivocarse, pero ¿hay mayor fracaso y error que amar con condiciones o límites temporales? Sería como lanzarse a nadar a la piscina con los brazos atados por una maraña de condicionamientos.

Y, me repito, lo peor es creerse el engaño de que esto es más inteligente, más civilizado o más realista. Así uno se autoconvence que es mejor embarcarse hoy en la expedición hacia el pico de hoy, y mañana ya pensará en qué otra expedición y hacia qué pico lo hace. ¿Con qué argumento? Pues que todo es relativo, comenzando por uno mismo. Porque yo sé cómo soy y cómo me siento hoy, pero no sé cómo me sentiré mañana. Y si cambian mis ideas, si cambia mi estado de humor, si cambian mis sentimientos… ¿por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará? Es verdad que en la vida hay muchas cosas relativas. También otras en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con mayor luz. Pero también hay cosas en las que permanecer. Porque el amor lo pide y porque relativizarlo todo es un modo de no llegar nunca a vivir.

Probablemente estas apuestas «para siempre» serán pocas y en pocos ámbitos de la vida, pero creo que todas tienen dos cosas en común: que se dan en el terreno del amor, y que piden jugárselo todo a una carta. Precisamente por eso, porque o son totales y «para siempre» o no son. Así de sencillo: si no son totales es que no existen. Todo amor con condiciones o límites temporales es un amor podrido. Un amor «para siempre» puede fracasar, pero un amor con fecha de caducidad no es que ya haya nacido fracasado, es que de amor no tiene nada.

Fonfo Alonso-Lasheras, sj

 

NO PUEDE SER UN LUJO

Vivimos en el planeta azul, rodeados de agua. Y no solo rodeados, también estamos hechos mayoritariamente de agua. El agua es símbolo de vida, quizás porque es parte de nuestras necesidades más básicas, sin la que no podríamos existir. Por eso se nos hace difícil pensar que el agua sea un producto de lujo, siendo algo tan cotidiano, tan accesible para nosotros. Tenemos un grifo a unos pocos de metros de distancia casi siempre. De hecho, cuando pedimos un vaso de agua en algún bar nos escandaliza que nos lo cobren. O nos parece que algunas de esas aguas de lujo que nos venden a precio de oro son poco más que tonterías para esnobs. Porque el agua no es un producto de lujo.

Pero eso es mentira para una buena parte de la población de nuestro mundo. Para una no pequeña parte de nuestro planeta el agua sí es un lujo. Para millones de personas en África y Asia lo necesario, lo imprescindible, lo cotidiano se está convirtiendo en una riqueza inaccesible, en algo al alcance de unos pocos, que ni se da por supuesto que se pueda acceder a ella, ni se consigue fácilmente. Ya no se trata de un difícil acceso, con largas caminatas a pie para llegar a una fuente potable. Se trata de la imposibilidad de usar el agua como recurso, para consumir, cultivar, tener una higiene mínima, cocinar… Por sus precios desorbitados o el simple agotamiento y por tanto inexistencia de las reservas. Sobre esta realidad de muchas personas de nuestro planeta nos quiere alertar la Semana Mundial del Agua, que acabó el pasado viernes.

Puedes pensar que es un 'día internacional de…' con los que nos llenan el calendario y que ya cansan o que directamente no tienen sentido, porque una vez que pasa el evento volveremos a nuestra despreocupación habitual, hasta la próxima vez que toque. Y quizás tengas razón. De hecho, en parte, la tienes. Pero también depende de ti, reconócelo. Al menos una vez al año tienes la oportunidad de reflexionar sobre el modo de vida que estamos construyendo y promocionando. Y aunque no puedas cambiarlo tú solo de arriba abajo, piensa que por lo menos podrás tener una opinión bien formada sobre si estamos en el camino correcto o no. Al menos no te dejarás arrastrar por la corriente. Porque sabrás que para mucha gente el gesto tan cotidiano de beber un vaso de agua limpia es un lujo tan inalcanzable como lo es para ti tener un Ferrari aparcado en la puerta. Y eso no te puede dejar indiferente.

 

TU MUNDO Y MI VIDA

Frida Kahlo le decía a Diego Rivera: «Como siempre, cuando me alejo de ti, tomo dentro de mi tu mundo y tu vida».

Si algo siento, en este último tiempo, es una sensación de empatía profunda.

Me siento, más que nunca, en comunión con millones de personas sufrientes en sus distintas realidades.

Nos toca vivir una situación que más que alejarnos del otro nos sumerge de lleno en su realidad. Es el tiempo de la fraternidad, de sentirnos parte de una misma historia, una misma vivencia compartida. No hay colores, géneros, razas o confesiones. No hay diferencias de nortes y sures, no hay fronteras. De repente nos damos cuenta de que nada ni nadie nos puede separar. Que un mismo aplauso unifica a niños, sanitarios, educadores, personal de supermercados y limpieza, policía y transportistas. Que la vida llama a todos a resistir unidos y no fragmentados, sólidos y no líquidos.

Que cada día, desde la vivencia de cada uno, seamos capaces de empatizar con una realidad diferente que toca este mundo sufriente. Y que este ‘tocar’ la realidad nos haga sentirnos profundamente llamadas a sanar, a aliviar, a acompañar a tantos nadies que siguen necesitando que tomemos dentro de nosotros su mundo y su vida.