SE NECESITAN SANTOS DE JEANS Y TENIS


¿Cómo hacer para comunicar un mensaje eterno y estable en una sociedad relativista, cambiante, inestable y móvil?

La frase  erróneamente, muchos medios de comunicación se la adjudicaron al Papa Francisco, al santo Juan Pablo II o a la Madre Teresa de Calcuta – en realidad pertenece a un poema de autor desconocido hasta el momento. Hace una invitación radical a los jóvenes del Siglo XXI. Sí, a ti que estás leyendo este artículo.

Pero, ¿en qué consiste este llamado? La santidad es un tema que parece ser lejano para muchos, incluso llega a asustarnos, pues la mayoría de ejemplos y vidas de santos con las que nos encontramos a menudo parecerían inalcanzables. Les comparto unas cuantas líneas, extraídas de una de las homilías del Papa Francisco, que explican, de un modo cercano, el llamado a la santidad:

“No tengamos miedo a ser santos. Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo”.

Sin embargo, ¿Cómo hacer para comunicar un mensaje eterno y estable en una sociedad relativista, cambiante, inestable y móvil? Zygmunt Bauman, sociólogo y pensador polaco, es conocido por denominar este tiempo que vivimos como “modernidad líquida”. Es un concepto interesante, pues si echamos un vistazo atrás, nos podemos dar cuenta de que la solidez por la que se caracterizan las sociedades pasadas se encuentra ya en vía de extinción. Las identidades que anteriormente eran fijas e incuestionables – la familia, los valores morales, las costumbres – ahora son aleatorias e indefinidas, volátiles y están en constante cambio.

Las generaciones de hoy tenemos un bajo umbral del dolor. No contamos con convicciones sólidas que sean capaces de contagiar el corazón y la voluntad para poder soportar y sobrellevar aquellos momentos de la vida en que todo va mal. Se nos ha dado lo que hemos pedido. No estamos acostumbrados a sufrir, a sacrificar, a renunciar, a dejar atrás. Queremos tenerlo todo al mismo tiempo, incluso aunque las cosas que deseamos sean incompatibles entre sí e impliquen pasar por encima de otras personas o de nosotros mismos para su consecución.

En medio de este mundo etéreo hemos perdido también la noción del tiempo, porque todo es inmediato. Nos incomoda esperar, nos asusta no saber con certeza qué pasará el día de mañana, queremos tenerlo todo bajo control. Desaprovechamos la oportunidad de vivir el único momento en el que podemos amar: el presente. Lo anterior es, en muchos casos, la causa de las decisiones apresuradas que luego nos pasan la factura en algún momento de la vida.

Somos débiles emocionalmente, nos quebrantamos con facilidad ante cualquier percance, tenemos una inteligencia emocional pobre (basada en placeres y en el “sentir”, sin voluntad), le tememos al emprendimiento de retos que exigen renuncias y riesgos, relativizamos las verdades a nuestro antojo, evadimos el compromiso. Hacemos parte de la cultura “light”.

El amor no se queda atrás en estos parámetros actuales. Amamos a medias. Amamos hasta donde nos conviene. Amamos las partes y no el todo. No somos capaces de hacer una opción por la totalidad del otro sino por aquello que nos hace bien. Amamos intermitentemente. Y esto nunca nos llevará a la plenitud, pues como dice Santa Catalina de Siena:

“El hombre fue creado por amor y para amar. El problema es que a veces se ama al revés: se ama egoístamente a sí mismo y termina sintiéndose frustrado, porque solo un amor auténtico es capaz de colmarlo”.

Vidas líquidas, tiempos líquidos, amores líquidos… Esta es la “modernidad líquida” en donde Cristo nos invita a ser santos, a comunicar su mensaje, a ser sus pies, sus manos y su voz. Pero esto no debe asustarnos, pues si somos capaces de entender las características del público que recibirá el mensaje y será testigo de nuestro ejemplo, podremos hacerlo de una forma más acertada. Tenemos el gran reto de mantener, en medio de lo móvil, un mensaje que no cambia, el mensaje del Evangelio. Y si bien es un desafío grande, hoy en día contamos con más herramientas para adaptarnos a este contexto, como lo son la comunicación globalizada y la tecnología, que nos permiten tener más alcance y menos barreras de espacio y tiempo para formarnos y transmitir mensajes (aunque también implica algunos riesgos, pero eso podría ser tema para otro artículo).

Para esto es fundamental conocer nuestra fe. No se trata de repetir lo que nos han enseñado en el colegio, en la familia o en la universidad. Se trata de compartir, a través de nuestra propia vida y ejemplo de autenticidad, la experiencia de una persona, de un Cristo que vive en nosotros y que transforma a quien se le encuentra en el camino y le deja entrar. El mensaje de Cristo es atemporal e inagotable. El mensaje de Cristo atrae a donde vaya, tal vez esta es una de las explicaciones de por qué la Biblia es elbestseller permanente de todos los tiempos.

Por esta razón, jóvenes, necesitamos embajadores del mensaje de Jesucristo que conozcan su fe y la hagan parte de su vida diaria. Necesitamos corazones que, una vez tocados por Él, estén dispuestos a nadar contracorriente, a ser mártires de la crítica, que saquen tiempo para Dios, que vivan en el mundo sin escandalizarse, que sean verdaderos amigos, novios, novias, compañeros. En definitiva, que sean capaces de prender fuego al mundo del Siglo XXI, viviendo como Cristo lo hubiera hecho, a través de la integridad que propone el Evangelio aunque nadie nos esté viendo.

No olvidemos que las palabras convencen pero el ejemplo arrastra. El camino no será fácil y si no lo hacemos nosotros nadie más lo hará pero tengamos la certeza de que quien cree en Dios y le sigue, jamás quedará defraudado. Ánimo, no será fácil pero Cristo no vale la pena, vale la vida.

Fuente: Catholic.net

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