«Respondió María: - Aquí tienes a la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra.» ,
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Pocas veces hablas en los evangelios, y sin embargo tus palabras son rotundas, definitivas, inapelables.«Hágase», «No tienen vino», «Haced lo que él os diga».
Y, sobre todo, ese «Magníficat» que es un himno de libertad, de justicia y de alabanza.
También nosotros hablamos. En familia, en el trabajo, entre amigos… Hablamos de otras personas. De política, de fútbol, de cine… Hablamos de lo que nos preocupa o lo que nos entretiene. Quizás también –ojalá- de Dios.
Hay mucho poder en las palabras. Poder para herir y sanar, para levantar y para derribar.
Ojalá, María, aprendamos de ti a hablar con verdad.
¿Me doy cuenta del valor de mis palabras?
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