
Cuando los padres y los hijos son capaces de perdonarse y amarse mutuamente,
Cuando en el mundo miles de hombres se arrepienten de sus injusticias,
Cuando en las familias dejamos los rencores con los que el mal espíritu nos amordaza la
memoria y abandonamos el orgullo de creernos importantes,
Cuando asumimos nuestra pequeñez y nos dejamos querer y cuidar,
Cuando salimos de nosotros mismos hacia el más débil entregándonos,
Cuando somos capaces de hacerle espacio a la ternura y dejamos de lado la superioridad,
Cuando trabajamos luchando día a día por ser fecundos con nuestros dones,
Cuando festejamos y cantamos la vida que se nos regala,
Cuando nos abajamos como hizo Dios para poder salvarnos de nuestro autoengaño,
Cuando discernimos el espíritu y no nos quedamos esclavos de las normas que nos oprimen,
Cuando en medio de la comunidad dejamos que el Señor resucitado nos diga: "La paz con
ustedes" (Lc 24, 36),
Cuando sufrimos con paciencia a los que más nos cuestan y compartimos el dolor.
Cuando nos tomamos unos minutos de silencio para darnos cuenta cómo Dios nos cuida,
Cuando nos hacemos disponibles para hacer como Cristo hizo: "amó los suyos hasta el
extremo". (Jn 13, 1)
Cuando nos animamos a que en nuestras entrañas se engendre la paz encarnada en el
rostro de Jesucristo.
E Ignaciana
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