MARÍA INMACULADA

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La solemnidad litúrgica de la Inmaculada Concepción de María es también la fiesta de la esperanza. En el privilegio y misterio inmaculista, María, orgullo de nuestra raza, se nos muestra no sólo su esplendor y el don de Dios a Ella, sino el anuncio y la prenda de que también todos nosotros, hijos de Dios e hijos de María, estamos también llamados a la santidad, siempre reflejo del esplendor de Dios. Y esta es la gran esperanza que nos salva: Dios está de nuestra parte, como lo estuvo de parte de María.

Repasar la vida de María, hacer memoria agradecida e interpelada de su existencia humana es un canto a la esperanza, es una demostración de la verdad de la esperanza cristiana. Ella es la estrella de la esperanza, la Madre de la Esperanza porque fue humilde esclava del Señor, porque vivió en el contacto íntimo y permanente con la Palabra de Dios, porque se fió de Dios, porque dijo "si" en la Anunciación y en sus entrañas purísimas se encarnó el Dios de la Vida y de la Esperanza.


María es la estrella de la esperanza en la Natividad del Hijo de Dios e Hijo suyo, en la presentación en el Templo cuando el anciano Simeón le dijo que una espada de dolor que atravesaría el alma. María es la estrella de la esperanza porque cuando comenzó la vida pública de Jesús ella supo quedarse a un lado, en penumbra, en silencio, en espera de que se cumplieran las Escrituras y la promesa de Dios. María es la estrella de la esperanza porque supo indicar en Caná de Galilea que es preciso hacer lo que El nos diga. María es la estrella de la esperanza, es la Madre de la Esperanza, porque el Viernes Santo en el Calvario esperó contra toda esperanza ante el cuerpo destrozado, muerto e inerte de su Hijo y creyó y esperó la alegría inenarrable del Domingo de Resurrección y su eco y definitivo impulso misionero en Pentecostés cuando el Espíritu Santo renovó definitivamente, en realidad y en prenda, la faz de la tierra.

Eccesia

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