
Jesús tuvo gran interés en resaltar el peligro de las tentaciones así como lo honroso que resulta el vencerlas. En primer lugar, él mismo se sometió a experimentarlas, animándonos a que no perdamos la calma ni la cordura al ser visitados por ellas. Nos basta con que no nos dejemos seducir por los halagos y promesas de pequeños trozos de felicidad camuflada.
Una vez más, Jesús insiste en la promesa que ofertó a la mujer samaritana: "El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá ya sed"... Y otro dato que me hace reflexionar es el hecho de que, cuando los apóstoles solicitan del Maestro que les enseñe a rezar, él responde con el regalo del "Padrenuestro", oración en la que nos invita a reconocer a Dios como Padre de todos, y por consiguiente hermanos; nos estimula a construir el Reino que no se acaba; nos acucia a desear que se cumpla la voluntad divina; nos urge a que le pidamos el sustento de cada día; nos inculca la generosidad del perdón; y, rematando la plegaria, encuentra todavía una línea para que le supliquemos al Padre: "No nos dejes caer en la tentación".
Zalbide
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