La alegoría de la viña nos habla del amor entrañable de Dios por sus hijos. A este amor supo responder generosamente la Madre María Ana Mogas Fontcuberta y dar así abundantes frutos.
Ella, renunciando a una posición social acomodada, forjó, junto al sagrario y a la cruz, su espiritualidad inspirada en el Corazón de Cristo y basada en la entrega a Dios y al prójimo con «amor y sacrificio».
Fiel al ideal franciscano, mostró su preferencia por los pobres, la capacidad de perdonar y olvidar las ingratitudes e injurias, así como la dedicación a la educación de la infancia, la atención a los enfermos y a los que padecen alguna carencia. De ese modo respondió a la llamada del Señor a trabajar en su viña, con un estilo tan auténtico, que «su santidad no impedía que fuera tan jovial».
Este es el estilo que transmitió a sus hijas, las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, expresado en su última exhortación: «Amaos unas a otras como yo os he amado y sufríos como yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera. Amor y sacrificio»
San Juan Pablo II
No hay comentarios:
Publicar un comentario