
Dios entra en la historia de María, y a través de ella en la historia de la humanidad, porque María recoge como en un cuenco todas las esperanzas y anhelos del pueblo.
Dios entra como un peregrino, como un buscador. Dios mira, toca; su rostro se vuelve hacia María.
María está a la espera. Como el centinela que aguarda la aurora. Su casa siempre está abierta, dispuesta a la acogida, aunque quien viene le cambie los planes.
Con María el mundo, también nosotros, queda abierto a la ternura, a la contemplación y al encuentro con Dios.
Al entrar Dios en nuestra vida se abre para nosotros una propuesta: “Tu palabra sería la segunda palabra y ella recrearía el mundo estropeado, como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente. Tú pondrías en marcha, otra vez, la ternura” (P. Casaldáliga).
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