
Recuérdanos, Señor, que hay más.
Recuérdanos, Señor, que el silencio es, siempre, soledad habitada y que es muy necesario para identificar por qué se hacen las cosas.
Recuérdanos que la vida es siempre buena noticia, tu Buena Noticia… y que después de la caída viene el proceso de rehacerse, al igual que después de la cruz vino la resurrección.
Ven, Señor, y recuérdanos que fuiste Tú el que sufrió primero para mostrarnos lo que viene después. Que la cruz no es un instrumento de tortura, sino que permite mirar al mundo con los brazos siempre abiertos, incluso desde el dolor más extremo.
Recuérdanos que las historias de la Biblia están vivas, pues son también las nuestras. Ayúdanos a contarlas de otra manera. Haznos recordar que todos tenemos las dudas de Tomás y el miedo del joven rico y que eso, a veces, nos hace ser un poco como Pedro y negarte la entrada a nuestras vidas… incluso más de tres veces. Parece que en ocasiones nos hace falta caernos del caballo (o que nos den un cañonazo en la pierna) para darnos cuenta de lo muy perdidos que estábamos. Y es que, en verdad, no hay más que hacer el gesto más sencillo para reconocerte de nuevo: partirse y repartirse a otros, como hiciste Tú con el pan y el vino que diste a los discípulos de Emaús.
Recuérdanos que nacimos para volar y no sólo para andar por este mundo, que cuando sólo vemos nuestro propio dolor y nuestros propios objetivos a Ti te perdemos de vista… pero que podemos volver a encontrarte en el rostro del que tenemos al lado.
Recuérdanos, finalmente, que Tú haces todas las cosas nuevas, que, precisamente por eso, todo lo que Tú haces, bien hecho está y que la única manera en la que merece la pena vivir es dándolo todo, hasta el extremo, porque Tú, Señor, eres el que pilota.
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