Porque Dios no se conforma con crear y dar sentido al mundo, tiene un compromiso con nosotros hasta el final. Dios observa, siente y actúa ante el dolor del mundo. No se olvida y deja que suframos. Interviene para enseñarnos cómo es el amor de Dios y cómo vivir desde el Evangelio. Y la forma de ver el mundo no es otra que la de la misericordia, la de compadecerse de nuestro dolor hasta sentirlo como algo propio, como una madre que sufre por el dolor de su hijo. Es consciente de que hay belleza, felicidad y armonía, pero también millones de personas que sufren a diario las consecuencias del pecado.
Y para ello, recurre a la fragilidad extrema. La gracia de Dios es capaz de dar la vuelta a todo y actuar desde lo pequeño y humilde, de manera que su Buena Noticia sea accesible a todo el mundo. Porque Dios, aunque a nosotros se nos olvide, no nos deja solos y sigue apostando por este mundo roto.

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