jueves, 30 de julio de 2015

31 DE JULIO, SAN IGNACIO DE LOYOLA

PARA RECIBIR LA GRACIA DE DIOS HAY QUE ABRIR EL CORAZÓN

No es lo mismo ir a la iglesia que ser Iglesia. No es lo mismo aparentar ser cristiano que creer que Cristo ha resucitado y está junto a nosotros. No es lo mismo vivir una creencia socio-cultural que impregnar nuestra vida con la fe que profesamos.

Las apariencias nos permiten vivir en sociedad de forma más sencilla, pero a veces nos escondemos detrás de ellas para no mostrar las debilidades y dudas de nuestra fe. ¿A qué tenemos? ¿A los demás? “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 7)

Hay quienes solamente se han revestido de Cristo por haber recibido el sacramento, pero están desnudos de Él por lo que se refiere a la fe y las costumbres #SanAgustin (Sermón 260A, 2).

Los sacramentos son signos de gran importancia para los cristianos. A través de ellos recibimos la Gracia de Dios, de forma directa. Si para nosotros son sólo signos sociales que nos permiten sentirnos integrados en un grupo, estaremos desperdiciando la fuente de Agua Viva que con tanto amor, Cristo nos ofrece.


Por algo Cristo le decía que “el que no nace del Agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5). No basta con ser reconocido de forma social, se trata de nacer de nuevo, ser personas nuevas que viven del Agua de la Gracia de Dios. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la Boca de Dios” (Mt. 4, 3-4). Las Palabras que salen de la Boca de Dios son signos que nos transforman, Dios mismo que se dona a nosotros para convertirnos. Los sacramentos son una parte importante de las Palabras que Dios dice para nosotros.

Pero, como siempre, se hace más evidente que “si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Pásate de aquí allá”, y se pasará”. Indudablemente, las montañas que seremos capaces de mover serán que la Voluntad de Dios desee que movamos. Entre estas montañas está nuestra conversión y capacidad de ser herramientas dóciles en las Manos de Dios.

Para que todo esto pueda tener lugar, es necesario hacer que nuestra vida sea coherente y consistente con nuestra fe. Esta montaña imposible de mover por nosotros mismos, es una de las que Dios espera que le pidamos y nos esforcemos por mover. Ahora, sin fe, poco podremos hacer. Ya nos dijo Cristo que: “Sin mi nada podéis” (Jn 15, 5)
Aleteia

TENED OÍDOS QUE OIGAN

LOS PEQUEÑOS DETALLES

En los pequeños detalles se conocen a las grandes personas.... Muy cierto. Para bien y para mal. En los pequeños gestos sabes quién te quiere y a quién le importas poco. Xiskya

DIOS ES NECESARIO:¡ ANÚNCIALO!


«El proyecto de eliminar a Dios ha fracasado», porque «prescindir de Él es una amenaza a la existencia humana», afirma el arzobispo de Madrid, monseñor Osoro en su última carta semanal, que lleva por título Dios en el centro para que esté en el centro el hombre

Hace unos días meditaba las palabras de Jesús en las que nos dice que «vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma» (Mc, 6, 34), y me impresionaron de una manera especial. Me llevaron a pensar en lo que hacemos con el hombre cuando lo separamos de Dios. Y entendí mejor algunas expresiones del Papa Francisco, como cuando nos dice: «no a un dinero que gobierna en lugar de servir», «no a una economía de exclusión» pues esta «economía mata», «no a la idolatría del dinero». Son expresiones que nos hablan de la primacía de lo humano. Hemos sido muy inteligentes para ir viendo a través de la Historia que los seres humanos éramos diferentes y superiores, pero esa diferencia y superioridad la hemos utilizado mal, pues con ella nos hemos convertido en conquistadores y excluyentes, en buscadores de lo que era mejor para mí mismo y no de lo que es bueno para todos.
El Señor dijo que tenía lástima de los hombres, pues estaban sin pastor. Él se presentó como el verdadero y el buen pastor. Tiene tal fuerza esta llamada para todos los cristianos y, por supuesto, para quienes el Señor ha querido regalarnos su misión, que se convierte en una invitación a toda la Iglesia para salir al mundo y anunciar a todos a Jesucristo. Es algo apasionante en este momento de la Historia. Mostrar a Jesucristo con obras y palabras tiene consecuencias personales y sociales impresionantes, y hace posible que esa luz sea donde la persona experimenta la misericordia y el amor, la ternura y la cercanía de Dios, y el modo más certero de enseñar a vivir para los demás. Es una tarea a la que os invito. Entremos en diálogo abierto con todo ser humano. Propongamos la acogida del Evangelio, haciéndolo de tal manera que quienes nos escuchen experimenten que Jesucristo ilumina a cada persona.
Desconocer a Dios es desconocer la verdad del hombre. Tenemos signos evidentes de la necesidad que los hombres tienen de Dios, pero a menudo nos cerramos en nuestros intereses y preferimos hacer de nosotros un dios, que en el fondo es hacernos dueños y señores de los demás. De tal manera que hacemos de los otros posesión y no don. Ciertamente, Jesucristo nos muestra y nos dice con sus obras y palabras que el prójimo es un don inmenso que Dios nos regala, que es alguien irrepetible, imagen de Dios mismo. Precisamente, por ello nos enseña a eliminar muros de separación que en tantas circunstancias hacemos los hombres, donde la exclusión es evidente y el descarte una realidad. Dejemos que el Señor entre en nuestra vida y en nuestra historia personal y colectiva. Si permitimos que la vida del Señor ocupe nuestra vida, la caridad fraterna se expresará en programas, obras e instituciones que busquen siempre la promoción integral de la persona y el cuidado y la protección de los más vulnerables.
Cuando no hacemos de nuestra vida y de la del otro un don, aparecen unas constantes destructivas. ¿Qué significan estas palabras: diferencia, superioridad, conquista, exclusión? Expresan cuatro etapas de la Humanidad en las que la ausencia de Dios en la vida del hombre plasma situaciones de descarte. 1) La primera etapa del ser humano en esta historia es diferencia: alguien miembro de una especie que se distinguía de otras por ciertas propiedades que poseía en exclusiva. Muchos mitos en las diversas culturas tratan de explicar en qué se distingue el hombre de los animales. 2) La segunda etapa es de superioridad: el ser humano aparece como mejor que las otras especies que viven con él, y le aproximan más a lo divino. En esta etapa aparece una novedad muy grande: tanto el judaísmo como el cristianismo nos hablan de esa superioridad del hombre como resultado de una elección por parte de Dios mismo, es una elección graciosa. Dios se hace Hombre: esto es lo que confiere la dignidad al hombre. 3) La tercera etapa es de conquista: el ser humano debe dominar a otros seres, convirtiéndose en dueño de la naturaleza, lo que le lleva a caer en la tentación y a veces en la realidad de adueñarse también del otro. 4) La cuarta etapa es la de la exclusión, es decir, el hombre es el ser más alto, nadie puede estar por encima de él. De tal manera que intenta eliminar a Dios. Es precisamente en esta etapa en la que se forja la palabra humanismo. Pero, ¿hay verdadero humanismo cuando se excluye a Dios? Hay que superar esta etapa y comenzar la quinta: Dios es necesario.
El proyecto de eliminar a Dios ha fracasado, el hombre se está dando cuenta de que prescindir de Dios es una amenaza a la existencia humana. La eliminación y el olvido de Dios crean un abismo en el interior del hombre. Producen una ruptura en su existencia que le hace no sentirse dichoso. El ser humano no resiste ese abismo y esa ruptura, percibe de modos diferentes que esto provoca su enfermedad, la de no saber quién soy. Cuando se retira a Dios, se retorna a otros dioses, y esto no es bueno para el hombre.
Tengamos la osadía y la lucidez de hacer una ecología integral, una verdadera ecología humana y social en la que Dios es necesario, pues el ambiente natural, social, político y económico está en estrecha relación. Hay que buscar siempre el progreso integral, pero para ello hay que salir a anunciar a quien hace posible que nunca olvidemos a nadie: Jesucristo.
+ Carlos, arzobispo de Madrid

LA VIDA CONSISTE EN DEJARNOS HACER

MarCreo que a veces podemos acomodarnos en nuestra vida. Vemos tanto dolor que pensamos: “No puedo calmar a todos, entonces mejor no calmo a ninguno”. No lo ofrecemos todo. No ponemos todo en la patena.

Somos muy egoístas con nuestro tiempo. Nos reservamos tiempo para nuestro descanso, para nuestro deporte, para nuestros amigos, para nuestra agenda llena de compromisos, para nuestros hobbies. Los hombres con hambre pueden esperar.
¿Cómo es mi forma de darme? ¿Me doy o soy cómodo y egoísta en la entrega? ¿Me cuido demasiado?
Decía el Padre Kentenich: “¡Cuánto trabajo y cuánto tengo que afanarme para convertir el mundo! Todo este afán se justifica si es querido por Dios. Pero también es bueno asegurarse de que no se trata de un activismo meramente natural. Cristo no quería nada que no fuese hacer siempre la voluntad del Padre. 

A veces también podemos obsesionarnos con las almas y buscamos incansables convertir el mundo entero. Pecamos de exceso de protagonismo. Nos pensamos imprescindibles.
Tenemos que dejarnos conducir por Dios, incluso cuando pensemos que nos pide que no hagamos nada. A veces podemos sentir que hacemos pocas cosas y podemos sentirnos culpables por ello.

Los apóstoles siguieron a Jesús y estuvieron con Él. No hacían mucho. Escuchaban, hablaban, compartían con Él la vida, el camino, el descanso, la comida. No convertían muchas almas con sus palabras. No hacían muchos milagros. No sanaban muchos enfermos.

Nosotros nos creemos a veces indispensables para Dios. Podemos llegar a pensar que seríamos más útiles en otra parte, en tierra de misión, no en una sociedad acomodada y burguesa.
Corremos el riesgo de caer en el activismo o en el afán de protagonismo. Creemos que cuanto más producimos, más logramos. Nos pensamos indispensables para la conversión del mundo y para cambiar la Iglesia.
Nos olvidamos de algo fundamental: Dios recoge el fruto allí donde no ha sembrado. Dios lo puede hacer todo con pocos panes y peces. Por esto tenemos que confiar más. No se trata de hacer mucho, al contrario, la vida consiste en dejarnos hacer.

Decía Gustav Mahler: “Yo no compongo, soy compuesto por la música. Yo soy esa canción”. Dios quiere componer una canción con mis notas, con mis torpes acordes. Dice una canción: “Tú, Señor, que sabes todo e interpretas melodías. Tú que usas bien mis notas, para componer el día”. 

Soy compuesto por Dios, no compongo yo. Pero se me olvida. Cuanto más produzco más orgulloso me siento.

Al final de nuestra vida no vendrá Dios y nos preguntará: ¿Cuántas reuniones has tenido? ¿A cuántos has convertido?¿Cuántos cursos de formación has hecho?¿Cuántas personas han encontrado la alegría gracias a tu entrega generosa? No, no será esa su pregunta.
Jesús simplemente me mirará y me dirá: ¿Cuánto has amado a los hombres con hambre? ¿Cuánto me has amado a mí en el silencio, en la cruz? ¿Dónde has dejado tu corazón como prenda? ¿Has dado la vida por aquellos que te he confiado?
Lo sabemos, pero se nos olvida y caemos en una espiral de hacer muchas cosas para agradar a Dios y sentirnos satisfechos, orgullosos de las melodías que creemos haber compuesto.

Si no hacemos nada nos sentimos culpables, si nos exigimos demasiado acaba pasando factura. A veces nos buscamos a nosotros mismos en todo lo que hacemos. No tenemos pureza en nuestra intención.

Creemos que haciendo mucho recibiremos mucho y estaremos más felices. Tapamos carencias con ese reconocimiento que tanto nos agrada. Vivir la gratuidad nos cuesta. Dar sin recibir nada nos parece impensable. Pero es el sello de Jesús, y debería ser el nuestro. Entregarnos por entero sin querer cosechar. Dar sin reservarse.
Aleteia