martes, 31 de marzo de 2015

LECTIO DIVINA-MIÉRCOLES SANTO

Miércoles Santo

Is 50,4-9a
Mt 26,14-25
ABRIL1
Uno de los doce discípulos, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les preguntó: “¿Cuánto me daréis, si os entrego a Jesús?”. Ellos señalaron el precio: treinta monedas de plata. A partir de entonces, Judas empezó a buscar una ocasión oportuna para entregarles a Jesús. El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. Él les contestó: “Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi hora está cerca, y voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos’“. Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la cena de Pascua. Al llegar la noche, Jesús se había sentado a la mesa con los doce discípulos; y mientras cenaban les dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar”. Ellos, llenos de tristeza, comenzaron a preguntarle uno tras otro: “Señor, ¿acaso soy yo?”. Jesús les contestó: “Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras, pero ¡ay de aquel que le traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!”. Entonces Judas, el que le estaba traicionando, le preguntó: “Maestro, ¿acaso soy yo?”. “Tú lo has dicho” -contestó Jesús.

Preparación: En la celebración eucarística de este miércoles santo, la primera lectura recoge el tercero de los poemas del Siervo de Dios. En él se evoca la fidelidad de aquel profeta misterioso. Fue llamado desde el seno materno a escuchar con atención la palabra de Dios para que pudiera transmitir a los abatidos una palabra de aliento.

Lectura: En el evangelio según san Mateo que hoy se proclama aparece de nuevo la figura de Judas. Se recuerda el pacto que propuso a los sumos sacerdotes: “¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” Ellos se ajustaron con él en treinta monedas, el precio de un esclavo. El texto evangélico describe además los preparativos para la cena de Pascua que Jesús había de celebrar con sus discípulos. Cuando está a la mesa con los Doce, Jesús anuncia que uno de ellos lo va a entregar. Todos ellos le preguntan: “¿Soy yo acaso, Señor?” Ante la pregunta de Judas, Jesús responde secamente: “Así es”.

Meditación: La figura del Siervo de Dios, humillado y perseguido, centra hoy nuestra meditación sobre la misión de Jesús, Él es el mensajero y el mensaje de Dios, el justo injustamente ajusticiado, cuyo honor Dios ha reivindicado para siempre. Nosotros nos preparamos para la inminente celebración de la cena del Señor y para hacer memoria de su muerte y su resurrección. No estamos ante una simple representación. Según el prefacio que estos días se canta en nuestra liturgia, en los días santos que se acercan “celebramos el triunfo del Señor sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”.

Oración: Con el espíritu de fe y de gratitud que requiere la celebración de estos misterios, hacemos nuestra la oración litúrgica de hoy: “¡Oh Dios!, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen”.

Contemplación: La fidelidad a su vocación habría de llevar al Siervo de Dios a sufrir insultos, afrentas y azotes. Pero nadie podrá probar ninguna culpa en él  y Dios saldrá en su defensa, como afirma él mismo: “Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado”. A la luz de aquel profeta contemplamos hoy a Jesús. El texto evangélico parece subrayar en este día que la Pascua de Jesús y su entrega no sólo se deben a la conjura de los jefes religiosos del pueblo. Han sido facilitadas por la traición de un discípulo.


Acción: Damos gracias por nuestra redención y pedimos perdón por nuestras infidelidades al proyecto del Señor. 
                                                                                                   José-Román Flecha Andrés 

LA SAETA



"QUIEN ME PRESTA UNA ESCALERA
PARA SUBIR AL MADERO
PARA QUITARLE LOS CLAVOS
A JESUS EL NAZARENO?" 

PRESENTE Y VALOR


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EL DIOS CRUCIFICADO


 
Hay algo muy perturbador en la idea de un Dios crucificado. Escándalo para unos, contradicción para otros, absurdo para muchos… ¿Dónde queda la grandeza, la fuerza, el poder? ¿Qué sentido tiene aún hoy en día, arrodillarse o reverenciar a un ajusticiado? ¿Cómo mirar a la cara a la derrota? ¿Cómo aceptar la muerte del Justo? ¿Cómo comprender el silencio del Padre ante la muerte del Hijo? Y ahí surge la eterna pregunta por la cuestión del mal, por el sufrimiento de los inocentes, por la tragedia que atraviesa a la creación. ¿Cómo es posible? Y un grito que se alza al cielo, entre la queja y la incomprensión: «¿Por qué?»

El Dios crucificado, imagen que no es metáfora, sino realidad, es, junto a la resurrección, la intuición más radical de nuestra fe. Nos habla de la fragilidad humana, asumida por el mismo Dios. Nos habla de la paz como único camino, frente a otras sendas construidas sobre el rencor, la violencia o la ley implacable. Nos habla del amor como la mayor transgresión en un mundo que a demasiadas personas las etiqueta como indignas de ser amadas. Nos habla del dolor de Dios. Un Dios que no es lejano, ajeno ni indiferente a la creación que salió de su corazón; un Dios cercano hasta el punto de vaciarse en nosotros, con nosotros, por nosotros. Y de las entrañas de misericordia de quien no puede no conmoverse ante los sentimientos humanos. Nos habla de compromiso, de una alianza inquebrantable, y de riesgo. De víctimas inocentes, y verdugos inconscientes que no saben lo que hacen. Pero ni para verdugos ni para víctimas ha de tener la cruz la palabra definitiva. Todo eso, y mucho más, es lo que podemos ver cuando miramos al crucificado. Sea, pues.

INQUEBRANTABLE


ESPERANZA


 Aún en la más terrible tempestad siempre hay una zona de paz por la que una gaviota puede volar tranquila...