sábado, 29 de abril de 2017

CADA DÍA SU AFÁN

                                                                             
EL HOMBRE Y EL TRABAJO
LA celebración del día primero de mayo nos exige repensar la importancia del trabajo y reivindicar la dignidad del trabajador. Si esta conciencia es compartida por toda la sociedad, la fe cristiana no puede ignorar la importancia del trabajo. Esa atención a los trabajadores se debe precisamente al aprecio que nos merece el ser humano.
En su audiencia general del día primero de mayo del año 1965, el papa Pablo VI reflexionaba ante sus oyentes sobre la vida religiosa y el mundo del trabajo. Y se preguntaba: “¿Por qué van a estar separadas entre sí estas expresiones sumas de la vida humana? ¿Por qué tienen que oponerse?”
Aquel mismo año se iba a clausurar el Concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy unas oportunas reflexiones sobre el tema (GS 33-37).
Hace unas semanas hemos recordado los cincuenta años transcurridos desde la publicación de la encíclica Populorum progressio  (26.3.1967).  En ella subrayaba Pablo VI que por el trabajo el hombre participa en la obra de la creación de Dios: “ya sea artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo trabajador es un creador” (PP 27).
Con todo, reconocía que el trabajo es siempre ambivalente. Invita a unos al egoísmo y a los otros a la revuelta. Pero “desarrolla también la conciencia profesional, el sentido del deber y la caridad para con el prójimo” (PP 28).
En la audiencia general del día 1 de mayo de 1973 Pablo VI subrayaba tanto el deber como el derecho a trabajar: “El hombre no alcanza su dimensión verdadera sin el trabajo, que es ley benéfica y grave para todos nosotros (…) Todo hombre debe ser, en cierto modo, trabajador inteligente y voluntarioso. Honremos en el trabajo aquello que lo hace grande, noble, meritorio: el deber. Y reconozcamos en el trabajo, un programa indefectible e irrenunciable de nuestra vida: el derecho al trabajo”.
Precisamente por ser un deber y una necesidad, el trabajo comporta algunos efectos desagradables, como la fatiga, el esfuerzo  y el cansancio. Por eso, no se puede ver el trabajo sin pensar en el trabajador.
Durante el año santo, en la misa jubilar para los obreros, celebrada precisamente en el día del trabajo, decía Pablo VI: “El hombre es quien produce el trabajo; y el trabajo, que es el esfuerzo por dominar la tierra, tiende a servir al hombre. Si no fuera así, el hombre volvería a la esclavitud; y el trabajo marcaría a nivel materialista la estatura, el desarrollo y la dignidad del hombre” (1.5.1975).
Los tiempos han cambiado notablemente. Las técnicas modernas de comunicación, de producción y de servicios no solo han creado nuevos puestos de trabajo, sino también una nueva comprensión del trabajador. Se impone una renovada reflexión técnica y ética.
                                                    José-Román Flecha Andrés

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