domingo, 14 de mayo de 2017

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

A veces no sabemos, no comprendemos, no tenemos palabras. Y el silencio tampoco parece ayudar. A veces lo inesperado irrumpe con estruendo, con imparable exigencia, dándole la vuelta a certidumbres sólidamente asentadas. A veces las preguntas atruenan. Y nos llevan al límite en el que no podemos más que aventurar respuestas. Entonces podemos enloquecer, perder pie y hundirnos en un mar bravío. La gran tentación en ese momento es convertirnos en el centro del mundo. Pero el mundo es el mismo que era antes. Con sus dosis de alegría y tragedia. Con sus retos. Con sus carencias y oportunidades. Entonces hay que darse permiso para llorar, para aceptar que uno tiene derecho a romperse un poco, para pedir un abrazo que sea refugio, o envolverse en una distancia necesaria (cada uno somos diferentes en nuestra forma de bailar con la tormenta). Pero también, con honestidad desnuda, hay que aceptar que la incertidumbre estaba ahí antes. Que el mundo ya era extraño. Que cada día importa. Que el amor baila, disfruta, y se acostumbra, pero también pierde, añora y tiene que dejar marchar. Y que Dios no nos ha engañado, pues siempre supimos que la vida era este misterio.

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