viernes, 2 de junio de 2017

CADA DÍA SU AFÁN 3 de junio de 2017


LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

“La mayoría de la gente no quiere la libertad realmente, porque la libertad implica responsabilidad, y la mayoría de las personas tienen miedo de la responsabilidad”. Aparentemente esa frase de Sigmund Freud parece contradecir a todos los que van o vamos por el mundo reivindicando nuestro derecho a la libertad.
Pero también George Bernard Shaw venía a decir lo mismo, cuando escribía que “la libertad significa responsabilidad, por eso la mayoría de hombres la temen”.
Así que probablemente ese pensamiento es totalmente correcto. Pedimos a los demás que sean responsables de sus actos, pero con demasiada frecuencia nosotros mismos tratamos de eludir toda responsabilidad.
Basta observar lo que ocurre con los incendios de los bosques, con la contaminación de las aguas, con las basuras arrojadas en cualquier lugar, con la violación habitual de las normas del tráfico, con el desprecio a la vida y el descarte de los bienes y de las personas, que tantas veces denuncia el papa Francisco.
Parece que nadie se siente responsable de los efectos que se generan de las propias acciones u omisiones. Pero según lo que afirmaba ya el Mahatma Gandhi, “es incorrecto e inmoral tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos”.
Tal vez haya que repensar nuestra concepción de la libertad. El Documento de Puebla, de las iglesias latinoamericanas, hacía bien en recoger la célebre distinción que establecía Isaías Berlín entre la “libertad de” y la “libertad para”.
Para muchas personas, la libertad es simplemente la ausencia de ataduras, de normas y de leyes. Pero la verdadera libertad implica una decisión seria de alcanzar el bien. Quedarse con la “libertad de” ataduras equivale a decidir permanecer toda la vida anclado en la adolescencia.
Cuando Karl Menninger se preguntaba ya desde el título de su libro “qué ha venido a ocurrir con el pecado”, la respuesta era precisamente esa. El pecado es hoy la irresponsabilidad colectiva.
Lo malo es que las consecuencias de esa actitud son inhumanas y deshumanizadoras. Si existe el mal –y eso es innegable- pero ninguno de nosotros se siente responsable, solo caben dos salidas, igualmente desastrosas: el fatalismo o la agresividad.
Ante el mal inevitable e irresponsable, algunos se limitan a encogerse pasivamente, esperando que amaine el temporal. Pero otros se dedican a vandalizar sobre todo lo que encuentran y deciden arremeter contra todos los que consideran culpables de todos los desastres, que son debidos a una libertad mal entendida.
Así pues, habrá que tratar de superar esas tentaciones. La actitud que parece más plausible es precisamente la de tratar de vivir de forma más responsable, exigir a nuestros gobernantes que asuman responsablemente sus tareas y esforzarnos en educar a las futuras generaciones para optar por la responsabilidad.
                                                    José-Román Flecha Andrés

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