(Lc 18,1-8)
Por: Nubia Celis
No te canses de orar, llama y se te abrirá, busca y encontrarás. Confía en mí porque yo escucho tus clamores y atiendo tus súplicas. Soy tu Padre y te conozco bien, yo te engendré en el vientre materno y formé tus huesos, te rodeé de cuidados, afirmé tus pasos y te abrí caminos. Eres mi obra perfecta, mi hijo/a mimado/
a, en quien pongo toda mi esperanza.
¿Cuáles son tus sueños? ¿Qué te preocupa? Hazme un espacio en tu corazón y cree que verdaderamente me ocupo de ti; si me lo pides, te haré justicia, te trataré con bondad y te defenderé de tus adversarios. ¿No cuida una madre al hijo de sus entrañas? ¿No le ampara y le libra de sus males? Yo estoy aquí para guiarte y llevarte de la mano. Mi justicia no es como la justicia de los hombres (ojo por ojo y diente por diente), no miro tus pecados ni llevo el control de tus infracciones.
No me tienes que dar para ganarte mi cariño, ni tienes que ser intachable y perfecto/a, mi justicia es mi misericordia y mi lealtad cubre los cielos y la tierra; pero si te desesperas y dejas de orar, no podrás disfrutar de mis dones.
En la espera se purifican tus intenciones y se prueba tu fe no porque quiera ponerte en aprietos o me goce con tu sufrimiento, sino porque la prueba ejercita la paciencia, la paciencia te hace madurar y la madurez aviva en ti la esperanza que no falla porque mi Espíritu se derrama en ti (Rom 5,5).
Insiste, persevera, ¿Cómo esperas crecer en la fe si no permaneces unido/a mí? Solo si las raíces se mantienen bajo tierra y se alimentan día a día, pueden fortalecer el árbol y hacer que a su tiempo dé sus frutos. Mira la perseverancia de un pescado: cada día madruga y se embarca aún sin saber si las aguas le traerán buenos peces; observa el empeño del campesino que después de echar las semillas en los surcos, ara la tierra y la cultiva sin parar.
Si te mantienes fiel a mi Palabra, verás los frutos… ¿encontraré fe en ti a mi regreso?
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