
María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
Entramos
en la admirable espera de María, para esperar con Ella la acción del
Espíritu. La Navidad es fruto del Espíritu, danza inacabable de su
ternura. El Espíritu nos enseña a esperar a Jesús. Con su fuerza y
alegría, consentimos que el misterio de amor de Jesús se encarne en
nuestra vida y embellezca el mundo con su bondad. Nos abrimos sin temor a
la acción del Espíritu. Todo es nuevo cuando Él está presente. En medio
de nuestra debilidad, el Espíritu nos ayuda a entender que “el
Evangelio es el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (Papa
Francisco). Porque Dios se hace hombre por obra del Espíritu, el
misterio último de la vida es un misterio de bondad, de bendición y de
gracia. Ven, Espíritu Santo, prepara mi Navidad y la de todos.
(cipecar)
(cipecar)
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