LA SONRISA DE DIOS
“En esto hemos conocido
lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos
dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16). Ese es el lema elegido por el Papa
Francisco para encabezar el Mensaje que nos ha dirigido para la XXII Jornada
mundial del enfermo, de este año 2014.
El drama del dolor y de
la enfermedad afecta a creyentes y no creyentes. En su carta encíclica “Lumen
Fidei”, es decir “La luz de la Fe”, el Papa Francisco escribió unas frases que
han dejado desconcertados a algunos cristianos. Nos dice allí que San Francisco de Asís o la beata Teresa de Calcuta no han podido quitar todos los sufrimientos
de los enfermos o de los pobres. Es más, al acercarse a ellos, no han podido
dar razón cumplida de todos los males que aquejan a las personas que sufren.
Pero todavía va más allá
el Papa, al referirse al misterio insondable del dolor humano: “Al hombre que
sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde
con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda
historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz”.
Pues bien, en el Mensaje
para la Jornada del enfermo el Papa continúa aquel discurso, que pudo
escandalizar a más de un creyente. En esta ocasión, no adopta un tono
filosófico para explicar el problema del mal y del dolor. Tampoco parte de una
consideración sociológica de la enfermedad. Ni trata de desentrañar la
psicología del sufrimiento. Son éstos unos planteamientos muy respetables y
hasta necesarios.
Tan necesarios que todos
nosotros los hacemos con demasiada frecuencia. El Papa ha optado por otro
discurso más religioso y no por eso menos humano. “El misterio del amor de Dios
por nosotros nos infunde esperanza y valor. Esperanza, porque en el plan de
amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual. Y valor para
hacer frente a toda adversidad en su compañía: unidos a Él”.
A juzgar por estas solas
palabras, diríamos que este mensaje,
profunda y decididamente cristiano, va dirigido solo a los enfermos. Pero no es
así. También contiene palabras de fe y de aliento para quienes les prestan asistencia y cuidado.
Como éstas: “Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención,
llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del
mundo”.
A unos y a otros el
Mensaje nos recuerda el amor del Padre, la humanidad del Hijo de Dios, que ha
tomado sobre sí la enfermedad y el sufrimiento, y la ternura de la Madre de
Jesús y Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Hermosas las palabras
que el Papa retoma del Vía Crucis que celebró con los jóvenes en Río de
Janeiro: “El que está debajo de la cruz con María, aprende a amar como Jesús”.
El Papa confía a María
esta Jornada mundial de los enfermos para que ella ayude a las personas
enfermas y sostenga con su fuerza a todos los que las cuidan.
José-Román Flecha Andrés
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