Dios no nos trata como
merecen nuestros pecados, sino con misericordia y amor.
Con Cristo exprimentamos el descanso en medio de la fatiga, la
libertad en la cautividad, la fuerza necesaria para la vida diaria.
"El Señor es mi
pastor, nada me falta:
en verdes
praderas me hace recostar;
me conduce hacia
fuentes tranquilas
y repera mis
fuerzas;
(...)
Aunque camine
por cañadas oscuras,
nada temo,
porque tu vas conmigo:
tu vara y tu
cayado me sosiegan.
Preparas una
mesa ante mí,
enfrente de mis
enemigos;
me unges la
cabeza con perfume,
y mi copa
reposa"
(Salmo 22)
Lo que para tí es imposible, es posible para Dios. Dale tu tiempo, dale una oportunidad.
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