María, préstanos tus ojos para mirar el paisaje. El verano, por la luz y los días largos, por los viajes y los encuentros de familia, es tiempo de mucho kilometraje. Montes, valles, mares, arroyos, ermitas, pequeños pueblos, caminos, un sin fin de aves y plantas, piedras y arenas, viento, brisa..., nos van a abrir sus puertas para que todo lo crucemos despacio y así puedan decirnos la belleza que llevan dentro. Y detrás de todo, los hombres y las mujeres que se han fundido con su paisaje, con sus historias dentro, poniendo notas de vida o muerte a la creación.
Tú, María, gozaste del paisaje lindo de Galilea: el lago, las colinas, la fuente, el camino, las gentes. Todo ese gozo te bajó al corazón y se convirtió en alabanza. Pero sobre todo, miraste con tus ojos de mujer limpia otro horizonte más bello, el de la salvación, y fruto de ello te brotó el Magníficat, el canto más bonito de alabanza.
- Enséñanos María, a dejar que el paisaje mirado despacio nos comunique ese saber de la quietud, y se haga sentimiento y emoción en todo nuestro ser, compromiso recreador del hogar común
- Haznos, María, habitar nuestro paisaje interior, donde tú guardabas las cosas más hermosas, donde Dios es el monte y el collado, los acontecimientos y el mundo, las galaxias y todo.
- Ayúdanos, María, a transmitir con nuestra vida un paisaje, tal que quien lo mire te vea.
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