Respuesta a una avalancha incontenible
de ataques al Santo Padre
Para ciertos sectores en la Iglesia, el Papa Francisco
se ha convertido en un signo de contradicción, especialmente por su manera de
actuar en distintos momentos. Se mira con malicia muchas de sus actuaciones, a
las que no estamos acostumbrados.
Se ha visto con malos ojos que el Jueves Santo, en 2013, al inicio de su pontificado, haya celebrado la Santa Misa fuera de los muros vaticanos, en la prisión de menores “Casal del Mármol” en Roma, lavando los pies a no católicos y, especialmente, a mujeres. Se ha llegado a afirmar que traicionó la Tradición, de la cual es el principal garante.
Se le ha cuestionado que no viva en el Palacio Apostólico, residencia
habitual de los Papas, y que haya decidido vivir en Casa Santa Marta.Se ha
cuestionado también que busque el diálogo con el judaísmo y el islam.
Se ha criticado su cercanía con los evangélicos, cuando era Arzobispo de
Buenos Aires y ahora, como Sucesor de Pedro.Se ha criticado que, en varios
momentos, haya solicitado la bendición de sus interlocutores no católicos,
incluso poniéndose de rodillas ante ellos, cuando era Cardenal Arzobispo de
Buenos Aires.
Me entristece profundamente que muchos ataques e incomprensiones vienen de
parte de muchos católicos comprometidos. Algunos lo expresan de muy buena fe,
desconcertados; pero otros lo hacen con evidente malicia, acusando al Papa de
incurrir en herejía e, incluso, en la apostasía.
No falta quienes creen que hay Sede vacante y que el Santo Padre es, en
realidad, un anti-Papa. Otros lo contraponen al Papa emérito, Benedicto XVI, a
quien algunos consideran todavía el Papa reinante.
Todo esto me recuerda mucho algo que nos narra san Lucas en el Nuevo
Testamento. Me refiero a lo sucedido cuando san Pedro, el primer Papa, admitió
en la comunión eclesial al centurión romano Cornelio (Hch 10—11), administrando
el sacramento del Bautismo a él y a toda su familia.
Pido a Dios que nos ayude a tener la misma apertura de los creyentes de
origen judío que interpelaron a Pedro, que se tranquilizaron y alabaron a Dios
cuando san Pedro les contó los pormenores:
Los Apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los
paganos habían recibido la Palabra de Dios. Y cuando Pedro regresó a Jerusalén,los creyentes de origen
judío lo interpelaron, diciéndole: «¿Cómo entraste en la casa de gente no judía
y comiste con ellos?».
Pedro comenzó a contarles detalladamente lo que había sucedido: «Yo estaba
orando en la ciudad de Jope, cuando caí en éxtasis y tuvo una visión. Vi que
bajaba del cielo algo parecido a un gran mantel, sostenido de sus cuatro
puntas, que vino hasta mí. Lo miré atentamente y vi que había en él
cuadrúpedos, animales salvajes, reptiles y aves. Y oí una voz que me dijo:
«Vamos, Pedro, mata y come». «De ninguna manera, Señor, respondí, yo nunca he
comido nada manchado ni impuro». Por segunda voz, oí la voz del cielo que me
dijo: «No consideres manchado lo que Dios purificó». Esto se repitió tres
veces, y luego, todo fue llevado otra vez al cielo. En ese momento, se
presentaron en la casa donde estábamos tres hombres que habían sido enviados
desde Cesárea para buscarme. El Espíritu Santo me ordenó que fuera con
ellos sin dudar.
Me acompañaron también los seis hermanos aquí presentes y llegamos a la
casa de aquel hombre. Este nos contó en qué forma se le había aparecido un
ángel, diciéndole: «Envía a alguien a Jope, a buscar a Simón, llamado Pedro. Él
te anunciará un mensaje de salvación para ti y para toda tu familia». Apenas
comencé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como lo hizo al
principio sobre nosotros.
Me acordé entonces de la palabra del Señor: «Juan bautizó con agua, pero
ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo».
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