Nuestra existencia comienza con el esfuerzo de situarnos en la perspectiva del otro. Sin ello, la alteridad del mundo y de los demás produce extrañeza, y en nuestra nostalgia sólo hay la proyección de las propias ausencias, pero no de la Presencia que se da en el otro y a través del otro. El otro, por el mero hecho de ser otro, me abre de un modo que me “altera”. Por esta alteración provocada por el otro, el igual y diferente a mí, aprendo a abrirme a un Dios mayor. Y ésta es una de las grandes tareas de nuestro tiempo a la que la espiritualidad ignaciana nos impulsa.
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