
Seguro que conoces a más de una persona de la que puedes decir que “tiene por dentro algo especial”, que “vive como con una fuerza interior” o que “transmite un algo distinto”. Son personas que atraen por lo que hacen y que nos cuestionan por cómo son. A veces nos seducen, otras nos hacen vibrar. Pero casi siempre invitan a que nos preguntemos por qué viven así. Pues bien, podemos decir que ese “algo” que les late dentro es su espiritualidad. Y hay muchas. De hecho, cada uno tenemos la nuestra.
Hay una espiritualidad tramposa y enfermiza. Es la “espiritualidad del bienestar”. Con ella todo gira a mi alrededor para que yo me sienta cómodo, tranquilo –¡anestesiado!–, seguro y con una enorme paz. Y así, al final vivo encerrado –quizás en nombre de Dios–, no sea que alguien me venga a molestar.
Hay otra espiritualidad, la “espiritualidad del ayudar”. Esa fuerza que brota de “contemplar a Cristo nuestro Señor” y que nos dispone a aceptar una vida en ocasiones accidentada, herida y deshilachada en el trabajo por nuestros hermanos.
Porque al mirar a Jesús escuchamos hoy también su voz que nos dice: “quien quisiere venir conmigo que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá...
E Ignaciana
No hay comentarios:
Publicar un comentario