Nadie nos mira sin dejar entrever que más allá de sus ojos y su piel hay un océano. Apenas vemos al marinero. A veces lo vemos zarandeado y otras veces plácido, pero es allí en su mar donde se ha hecho navegante. Nos muestra algo de los puertos que ha visitado, nos comenta algo de sus travesías pero siempre queda un Misterio.
Tiene los rasgos que le han dejado sus tormentas y guarda en sus ojos algo de la luz de los faros que le han apaciguado sus ansiedades. Allí sobre su frente se desliza el viento, como la esperanza lo espera con alegría en el futuro. Sin embargo estamos siempre así, frente a frente, realmente desconocidos pero gratuitamente acogidos. Así como el mar, que no sabemos de dónde viene y pero frente al cual siempre queremos estar.
E Ignaciana

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