SAN PEDRO DE ALCÁNTARA


Este extremeño con el nombre de Pedro hubiera podido brillar al lado de sus paisanos y contemporáneos, pero el campo de sus hazañas iba a ser mucho más alto. A los dieciséis años abandona la Universidad, arrincona los libros de Derecho y se hace franciscano en un convento de Valencia de Alcántara, cerca de su pueblo natal, dispuesto, sencillamente, a ser santo.

Este hombre, que parece vivir en un mundo distinto, es un superior ideal, caritativo, humilde, vigilante, atento a los intereses materiales y espirituales, primero como guardián de diversas casas, después, como definidor, provincial, visitador y comisario general. Funda conventos en España y Portugal, viaja constantemente, predica con vehemencia, es gran director y conocedor de espíritus, despierta el fervor de sus hermanos y crea dentro de la Orden franciscana una rama nueva, cuya austeridad hubiera llenado de admiración al mismo San Francisco.

Es uno de los grandes promotores del fervor religioso en la sociedad española del siglo XVI.

Algo de aquel atractivo que ejercía el gran asceta de Alcántara sobre sus contemporáneos se debía a la fascinación de sus penitencias. Su pobreza y su mortificación eran ya proverbiales antes de su muerte. Parecía hecho de raíces de árboles, dice Santa Teresa de él, y muchos no comprendían cómo podía conservar la vida.

La santidad como tarea 
















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