DÍAS DE VERGÜENZA Y DE RECORDAR PORQUÉ ESTAMOS AQUÍ



Son días tristes para la Iglesia. La impresión de estar viviendo un momento histórico. No precisamente de los mejores. De esos que saldrán en los libros de historia y que mientras los vives sientes cierta vergüenza y bastante confusión. No tanto por cómo se reacciona ahora, sino por todo el dolor que provocamos y ante el que uno no sabe muy bien si abrir un paraguas para aguantar el chaparrón –tanto del presente como de lo que está por venir–, sacar el escudo y luchar contra la realidad o simplemente echar a correr. Entre tantos sentimientos encontrados: la intuición de que el Papa, y con él toda la Iglesia, está intentando ir por el camino correcto a pesar de la dificultad, las meteduras de pata y las curvas que tanto nos marean.

A veces me da por pensar si no hubiese sido mejor haber nacido en otra época en la que ser cristiano y religioso fuese mucho más fácil. Con la única preocupación de hacer el bien y anunciar el evangelio sin nada que te moleste en un horizonte ilusionante. Sin embargo, pienso en los compañeros jesuitas que en la Inglaterra del siglo XVI sabían que ser descubiertos equivalía a firmar su sentencia de muerte. O quizás en los misioneros del Japón, cuyo futuro desembocaba en una tortura horrible o en la apostasía más cruel. O también los que llegaban hasta el fin del mundo y quedaban a merced del capricho del cacique de turno. O simplemente en los cristianos de cualquier tiempo perseguidos por llevar una pequeña cruz. Pero no solo los que el enemigo estaba fuera, el peligro como ahora también habitaba dentro. En los tiempos en los que solo la integridad y la fe podían sostener una auténtica vocación o la incomprensión ad intra del propio Pedro Claver SJ por tratar como personas a los esclavos 'indignos'. Y así una lista casi infinita de cristianos que nunca lo tuvieron fácil...

Recordar el pasado no es consolarse con una historia gloriosa ni tirar de manual de resistencia. El punto en común en los tiempos de crisis pasa por la humildad y por reconocer, con más fe que razón, que esto no depende solo de nosotros. La vocación cristiana auténtica –en cualquiera de sus formas– tiene mucho de abrazar la cruz y saber que esto del Evangelio duele pero merece la pena, aunque a veces parezca que gana la incomprensión, el pecado y el sinsentido.

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