PAN PARTIDO Y REPARTIDO



El relato más antiguo que conservamos de lo que sucedió en la última Cena dice así: «Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en conmemoración mía”. Y lo mismo hizo con el cáliz» (1Cor 11,23ss).  

Notemos el juego de palabras: En la noche «en que iba a ser entregado», Jesús «se entregó». Él era plenamente consciente del significado de lo que estaba haciendo y de lo que iba a suceder después. Por eso pidió a sus discípulos que celebren perpetuamente el «memorial» de su entrega.  

El rito eucarístico de la cena ha conservado acciones y palabras de Jesús que, después de su muerte y resurrección, aparecen llenas de significado y revelan la actitud de Jesús: él mismo ofrece su vida. No se somete pasivamente a la muerte, sino que se entrega en conformidad con el plan amoroso de Dios, del que su muerte forma parte, dejando a Dios la última palabra. Los hombres pensaban que le arrebataban la vida; sin embargo, él se adelanta y dice: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros [...]; esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros» (Lc 22,19-20).  

Cristo pide a sus apóstoles que sigan celebrando la cena como memorial suyo. No se trata de un simple recuerdo, sino de una verdadera y real actualización y comunión en el ofrecimiento que el Señor hace de sí mismo.  

Los discípulos presentes (que constituyen la Iglesia) reciben un ministerio que es participación y ha de ser reflejo de la misión de Cristo en la tierra: anuncio del reino, comunión de vida con el Padre y entre ellos, servicio generoso a todos los hombres.
Cipecar 

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