¿HAS SENTIDO ALGUNA VEZ LA MISERICORDIA?



La celebración de la Pascua nos introduce en la alegría del Señor Resucitado. Sentimos en nuestra vida los efectos de la Resurrección de diversos modos y maneras. Se trata de afinar nuestra mirada para encontrar motivos para alegrarnos de corazón. La acción de Dios en nosotros que es capaz de llenarlo todo de la Presencia Resucitada de Jesús. Vivir de la Resurrección es acoger la invitación a vivir de la Misericordia de un Dios que es bueno, verdaderamente bueno.

Los entendidos en restaurar obras de arte saben que no se trata de volver a pintar de nuevo la obra en cuestión. Ni siquiera de rehacer, con otros colores, lo que parece que está perdido. Un buen restaurador tiene que limpiar con delicadeza cada rincón del cuadro: limpiar y limpiar, lijar en alguna ocasión, con la única pretensión de sacar de nuevo a la luz lo más original. Esto es lo que hace Dios-con-nosotros. Nos limpia con delicadeza en cada esquina y doblez de nuestro corazón. La acción de la misericordia de Dios hace posible en nosotros que saquemos lo más original que tenemos. Somos criaturas de un Dios que es todo bondad y amor. Somos sus criaturas hechas por el amor actuante de Dios.

Vivir en la Resurrección es dejarnos restaurar por un amor que nos ofrece la posibilidad de sentirnos de nuevo hijos e hijas de Dios. En la parábola del padre y los hijos encontramos cuatro modos por los que la misericordia nos restaura:

1) Cuando el hijo perdido por la mundanidad vuelve a casa no encuentra reproche alguno. Ni preguntas que cuestionen sus decisiones o actuaciones. Dios solo acoge. Tal y como somos. Sin más filtros que el de un padre que se alegra enormemente de recuperar a su hijo en casa. Da igual lo que hayas hecho y el dinero que te hayas gastado y cómo. Lo único que importa es que Dios es capaz de acogernos en su misericordia. Nos ofrece la posibilidad de sentirnos profundamente amados, fontalmente hijos.

2) El relato dice: se echó al cuello y lo llenaba de besos. Eso en humano es abrazar. San Ignacio dice que el Creador se comunica con su criatura abrazándola –abrasándola–. Y es que el modo en el que Dios se comunica con nosotros es desde la cercanía a nuestra vida y, así, inflamándonos el alma de un fuego que no se agota y que nos introduce siempre en dinámicas de ayuda, de servicio y de salida. En el abrazo, sentimos una misericordia que nos inflama de amor y que nos hace sentirnos profundamente amados, fontalmente hijos.

3) Cuando el padre recibe al hijo perdido hace una fiesta. Un banquete lleno de alegrías y de emociones. Prepara una mesa y lo viste con lo mejor que tiene. Dios es el único que es capaz de alegrarnos enormemente el alma. ¿Somos realmente felices? ¿Descubrimos que cuanto más cerca de Jesús estamos más alegres somos? La misericordia de Dios nos da motivos para alegrarnos de corazón en un mundo que cada vez más necesita inspiraciones para vivir de una verdadera alegría. El banquete y la fiesta es un motivo real de celebra nuestra fe. A través de los banquetes (motivos para alegrarnos) que nos prepara Dios podemos sentirnos profundamente amados, fontalmente hijos.

4) Lo que hace el padre con el hijo mayor es impresionante. El hijo mayor al volver se queda en la puerta, en el quicio de la entrada, amargándose la existencia por lo que estaba viviendo. El padre es capaz de salir y persuadirlo. Así es nuestro Dios y su misericordia:sale siempre a buscarnos cuando nos quedamos en el rellano o en la entrada, cuando nos comparamos con otros pensando que somos mejores o, incluso, mucho peores. No nos atrevemos a entrar por miedo o por vanidad en determinados rincones de nuestra vida –o de algún lugar verdaderamente importante para nosotros–. Dios no se queda esperando sin más. Abre y sale a buscarnos para persuadirnos a través de su misericordia. Y cuando somos así rescatados sentimos que nuestra libertad coge aire, nos sentimos profundamente amados, fontalmente hijos.

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