UN RENO Y UN ÁRBOL DE PALMA



¿Qué tienen en común un reno y un árbol de palma? ¿Qué tienen en común los Samis (indígenas en Laponia) y los Sapanawas (indígenas en la Amazonía)? Los Sapanawas y los árboles de palma se encuentran en la exuberante selva Amazonas, en la región fronteriza del Brasil y Perú. Los Samis y los renos, al norte de Europa, en la nevada Laponia compartida entre Noruega, Filandia y Suecia, bajo el Océano Ártico. Espacios casi vírgenes, ni unos ni otros entienden de fronteras: el futuro de todos ellos amenazado por poderosas empresas que hambrean beneficios económicos. Capitales multimillonarios han puesto el ojo sobre sus recursos, poniendo en peligro la belleza de sus paisajes, la supervivencia de sus especies naturales, la riqueza de sus culturas y la vida de sus pobladores: ¿quién podrá resistirse al discurso del dólar, el euro o el yuan?

Es descorazonadora la autoridad globalizada con la que operan los grandes capitales a cuyos pies se rinden los destinos de países enteros. Enfrentamientos y guerras olvidados por un sospechoso silencio mediático ocultan la manipulación de políticos africanos y latinoamericanos por parte de empresas extranjeras que saquean paulatinamente los recursos locales. Sentados en los puestos que les autorizan para gestionar los bienes públicos traicionan los intereses de la ciudadanía (la actual y la futura) a la que deberían defender.

Laponia, Norte de Europa. Santuario verde y blanco donde decenas de miles de Samis viven del pastoreo de renos. La construcción en proyecto de una vía de tren de alta velocidad que atraviese Finlandia de norte a sur permitirá abrir una nueva ruta de comercio entre China y la UE a través del Ártico. La línea de tren partirá en dos al pueblo Sami, con repercusiones irreparables para la fauna y flora del considerado como el pulmón de Europa. Poderoso y tentador caballero es Don Dinero. Y aunque hay cosas que nunca deberían ser objeto de negocio, bien sabemos que la mayor parte de los beneficios económicos que se deriven de esta construcción regresarán, lógicamente, a las manos de aquellos que invirtieron sus millones de euros (¡2.900 millones! procedentes de capital asiático) para la construcción de esta línea de alta velocidad.

Cuando sucede en África o en Latinoamérica lo calificamos como subdesarrollo, cuando sucede en Europa lo llamamos ¿desarrollo? Allá –decimos– son víctimas de políticos corruptos. Cuando sucede en África o en Latinoamérica nos provoca compasión, cuando sucede en Europa ¿lo aceptamos? ¿lo justificamos? ¿lo combatimos? Algunas instituciones de prestigio internacional como Survival reclaman nuestra atención: la ciudadanía y la incidencia pública son hoy en día herramientas altamente poderosas y eficaces para defender la vida humana y la de la Casa Común.

Noticias como el reciente saqueo y genocidio del pueblo Sapanawanos estremecen: «mataron a tantos miembros de su comunidad que no fueron capaces de enterrar todos los cuerpos». ¿Es inevitable el enfrentamiento entre los recursos naturales y el crecimiento de la economía? ¿O seremos capaces de crear cauces donde sea compatible el desarrollo de la economía y el cuidado de la Casa Común, de la vida humana y de las culturas?

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