LA PALABRA DE DIOS EN LA CUARESMA

Foto: ¡Qué fácil es hablar!

 
ciento por uno        Siempre que leo este pasaje del Evangelio me sonrío por dentro. Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido… ¿Lo dices en serio, Pedro?

    ¡Pobrecillo! Pensaba que era suficiente con dejar a la suegra en Cafarnaúm y abandonar las redes en la barca. Jesús no quiso desengañarlo, y le explicó la recompensa prometida a quienes por Él dejan casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras (no mencionó a la suegra): cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras (…) y, en la edad futura, vida eterna. Pero, para que lo pensase mejor, tras hablarle del ciento por uno añadió con persecuciones. Seguro que Simón ni lo escuchó. Prefirió paladear lo del «ciento por uno» y pensar: «¡Lo dice por mí!».

    Hasta que llegó la anunciada persecución… Y, cuando llegó, Pedro juró tres veces que no conocía a Jesús. Entonces se dio cuenta de lo equivocado que estaba: no lo había dejado todo. Le faltaba lo más importante: su propia persona. No se había negado a sí mismo. Y, hasta que uno no se niega a sí mismo, no lo ha dejado todo por Jesús.
La palabra de Dios en la Cuaresma adquiere un protagonismo mayor, en la Liturgia. La lectura no es continua: las primeras lecturas de días consecutivos no pertenecen al mismo libro; los textos evangélicos no son del mismo evangelista, cambian día a día. La Iglesia ha ido seleccionando textos con esmero. 

 Con la pretensión que tiene la catequesis cuaresmal: es necesario ofrecer mensajes claros y de exigencia práctica inmediata. Para ello se utilizan textos que hablan de la condición real de ser humano, de lo que ha de realizar para ser lo que Dios quiere de él –convertirse-, y de cómo Dios se ofrece a ayudarle y a premiar sus esfuerzos. Son textos claros, que no necesitan nada más que tomarlos en serio. 

Los de esta semana son un ejemplo evidente. Va alternándose los textos que exigen el esfuerzo humano con los que prometen la ayuda de Dios. El lunes se señalan lo que ha quehacer para ser acogidos por Dios; el martes la presencia de Dios, de su Palabra, ofreciendo ayuda. El miércoles emerge la necesidad de conversión; el jueves el compromiso con nosotros de un Dios padre. El viernes los textos exponen claras exigencias éticas, que llegan a lo hondo del ser humano; el sábado el compromiso de Dios de tener a Israel como pueblo propio, que se vuelca, rompiendo un tanto el esquema de compromiso humano-ayuda de Dios, en la exigencia de la perfección, que es perfección en el amor, incluso a los que no nos aman, como sucede con Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario