Un debate en la vuelta al cole: ¿educa la escuela o la familia?



Ustedes, como yo, habrán escuchado estas dos frases a quien es padre o madre: “qué ganas tenía de que empezasen el cole” o “me da pena ahora que se vaya al cole”. Incluso una misma persona puede decir: “Me da un poco de pena pero qué ganas tenía”, o al revés o al mismo tiempo y bajo todos los sentidos posibles.
Cuando escucho esto me viene a la memoria uno de los grandes debates de sobremesa que todos tenemos con nuestros allegados: ¿educa la escuela o la familia? Voy a generalizar (y que nadie se asuste); en general los profesores echan la culpa a los padres sobre el comportamiento de sus hijos. De un modo pseudotécnico, dicen que ellos están para enseñar, no para educar, y que los niños deben venir educados de casa.

Y aquí viene nuestra primera opinión: tenemos un sistema pedagógico que se le infla la boca diciendo que educa en valores, pero que entiende que los valores han de venir ya de casa. También está la contradicción al revés: padres que echan la culpa a los profesores porque dicen que no saben educarles y que se meten donde nadie les llama.

Y aquí sigue nuestra contradicción. De todas es verdad que el primer y más originario lugar educativo es la familia. Es una evidencia física. Sin embargo, la familia actual ya no es la familia de hace cuarenta años.

La sociología se ha encargado de mostrar que el hogar de una familia media es un sitio donde ambos padres trabajan (si no es de una persona sola), donde los abuelos juegan un papel fundamental (si están cerca), donde hay que apuntar al niño a actividades extraescolares porque hay que llenar el tiempo y que si el colegio las tiene mejor que mejor (porque así uno puede ir a recogerle a las 19:30 y no a las 5).

En esas, el hogar medio que tenemos es un hogar pseudovacío de 8 de la mañana a 19:30 de la tarde. Y si la sociología nos ha dicho eso (la incorporación de la mujer al trabajo, la falta de conciliación de la vida laboral, el nivel de vida, la falta de ingresos y, por ello, la cuasi obligación de que ambos congéneres trabajen), la pedagogía de los maestros se encarga de recordar que los padres deben estar en casa apoyando a sus hijos en las tareas, en los deberes y en los juegos, pues si no su misión será en balde. Un padre o una madre debe ser ahora, se oye en las tertulias de sobremesa, un profesor particular, un amigo que juega y un ejemplo de madurez.

Lo que antes pasaba y ahora no pasa, por decirlo como lo decimos coloquialmente, es que antes “había alguien en casa” y ahora no. Y es cierto. Pero es falso. Es falso de toda falsedad porque si bien antes siempre había alguien en casa (generalmente la madre), las madres de antes no ayudaban mucho a hacer los deberes (por no decir apenas), no eran compañeras de juego (por no decir casi nunca) y, eso sí, tañían con voz directa y firme la hora de la ducha, la de la cena y la de dormir. No recuerdo ni una sola vez a mi madre revisando mis deberes, jugando a los clicks de Playmobil y obligándome a apuntarme a actividades variopintas.

Vuelvan, vuelvan a recordar: porque parece que se nos pierde algún dato importante en nuestras conversaciones cuando decimos lo que solemos decir. Parece como si estuviéremos explicando mal el problema y así (en el caso de que la busquemos) no daremos con la solución. Parece que hay que revisar alguna contradicción. Obvio que a los niños no hay que dejarles solos (y generalizo porque hay edades y edades), pero quizás no está de más hacer algo que nosotros hacíamos muy a menudo tras el colegio: aburrirse, inventar juegos, volver a aburrirse y volver a moverse. Quizás no es que estemos infravalorando el papel del colegio o de los padres sino el de los mismos niños, no son tan distintos cerebral y morfo-anatómicamente de los niños que éramos nosotros. Son tan fantásticos, maquiavélicos, sinceros y pillos como lo éramos nosotros. Quien no sepa volver a su infancia no sabrá ver la suya, sea uno maestro, madre o ambas cosas a la vez.

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