No es raro que en ocasiones concibamos nuestra propia vida como un camino. Es más, pensar en ella como tal siempre resultará sugerente. Los caminos esconden belleza, fatiga, tranquilidad, encrucijadas… Y en ellos nacen tanto espacios de soledad como puntos de encuentro donde poder agradecer, admirar, esforzarse, y caer en la cuenta de quiénes somos y adónde vamos.
Sin embargo, y en no pocas ocasiones, nuestra vida es un camino que no elegimos nosotros. Un camino que jornadas atrás nos deslumbraba con su belleza puede convertirse en un paraje temible, inquietante, extraño.
Somos sacudidos por temblores de incertidumbre, agitados por la sensación de vértigo que provocan las circunstancias de nuestra propia vida. Pero, ¿cómo actuamos? ¿De verdad dejamos al Señor Jesús venir y preparar el camino de nuestra vida tal y como Él lo sueña?
E. Ignaciana
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