
La vida es una experiencia muy compleja, y también muy exigente. La responsabilidad de nuestras acciones, la búsqueda de aquello que somos, la tensión de aquello a lo que aspiramos y que, en no pocas ocasiones, sentimos a una gran distancia. El equilibrio entre el cuidado de nuestras relaciones y el cultivo de nuestra propia intimidad. La necesidad de ir adelante, pero a la vez de retirarnos a la orilla del camino para coger nuevas fuerzas, y poder así continuar.
Todos estos contrastes nos agotan y nos descolocan. Parece que deseemos algo y justamente necesitemos lo contrario. Aparecen la fatiga cotidiana, cierto punto de desánimo, el cansancio…
Sin lugar a dudas, todas estas dinámicas de agotamiento, vividas con profundidad, pueden favorecer el encuentro con Dios, reconociéndonos personas muy frágiles y muy limitadas. Es duro descubrir que no podemos abrazarlo todo, pero a la vez resulta muy liberador ir comprendiendo, poco a poco, cuáles son las cosas importantes de la vida, para ir soltando aquello que nos pesa y nos impide caminar con urgencia hacia los espacios en que Dios nos espera.
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