En cuaresma, hoy en concreto después de
escuchar a Isaías y a Jesús en el Evangelio, podemos preguntarnos qué ayunos,
qué prácticas penitenciales, qué obras prefiere Dios. Porque parece claro que
no da lo mismo. “El ayuno que yo quiero”, nos dice Isaías como oráculo del
Señor, es justicia, liberación, humanidad, fraternidad, solidaridad,
misericordia. “Porque yo, el Señor tu Dios, soy misericordioso”.
Las obras que Dios quiere y espera de
nosotros son las que nos hacen mejores, más compasivos, misericordiosos,
justos, pacíficos y pacificadores. Y, al mismo tiempo y sin solución de continuidad,
las obras que favorecen a los demás, las que les ayudan eficazmente, aligeran
su existencia para que lleven una vida más humana, más digna, más justa. Si el
ayuno, de alguna forma, produce esos efectos, bienvenido sea. Ese parece ser el
ayuno que Dios quiere. Si no, si en lugar de bienestar, para lo que sirve en la
práctica es para empeorar –o no mejorar- mi situación y mi persona y las de mis
hermanos y hermanas, ¡ojo y mucho cuidado! Ese no es el ayuno que Dios quiere y
espera.
La prudencia nos dictará a cada uno y en
cada momento, cómo convertir el ayuno, la penitencia y la cuaresma entera en
actos de amor a Dios. Y, porque no le vemos, en actos de servicio a los
hermanos, que validen de alguna forma algo tan difícil de evaluar como es el amor
de Dios.
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